Posmodernismo tropicalizado
MI CASA NO AMARILLA
Danza Contemporánea franco-guatemalteca, producida por la Compañía Momentum. Coreografía: Ivan Favier. Bailarines: Pamela Bouthillier, Cecilia Dougherty, Melanie Ríos e Iván Solís.
Viernes 14 de abril del 2000. Teatro Melico Salazar 8. p.m.
Toda creación artística tiene explícito o implícito el motivo del cual parte el autor, para establecer, con sus imágenes, una comunicación con el público.
Dependiendo del talento artístico, esta comunicación satisface a muchos de sus interlocutores o simplemente no trasciende, y el acto creativo se queda en una pura demostración técnica.
Además el artista puede elegir, y ubicar su obra dentro de una tendencia que privilegia lo narrativo, discursivo, figurativo o simplemente, desarrollar su trabajo desde la abstracción.
En el caso de esta producción franco-guatemalteca, el coreógrafo Ivan Favier se inclina por tomar como punto de partida un trabajo del pintor guatemalteco Francisco Tun, obra que da nombre a la danza. Esta pintura que apenas sugiere con sus austeras líneas y grandes campos de color amarillo, sirve de telón de fondo al espacio, donde los bailarines tridimensionan con sus cuerpos lo que el coreógrafo plantea.
Sin duda, Mi casa no amarilla constituye una obra en la que hay mucho trabajo. En ella, su creador, el francés Ivan Favier, se encargó de realizar, además de los movimientos, la escenografía y la banda sonora (combinación de varios compositores y efectos de sonido). Sin embargo, su planteamiento termina haciendo, de su casa, un espacio vacío de situaciones contrastantes. La emociones son mediatizadas por los efectismos de la técnica de los bailarines y las pasiones o sentimientos no se asoman.
La propuesta pareciera ser un esbozo, elemento que es reforzado por el vestuario que tiene ropa de uso cotidiano o de trabajo de los bailarines, todo esto, en coherencia con las imágenes de la pintura de Tun.
Ya que el aspecto temático no es el fuerte de la obra, cabe destacar el papel de los bailarines, en el ámbito interpretativo.
El elenco no es parejo. Las mujeres son técnicamente más fuertes que el varón; sin embargo, no todas logran interpretar sus movimientos con una carga emotiva balanceada. Melanie Ríos, desde el principio de la coreografía, logra cautivar al espectador con su proyección, mientras que las otras dos bailarinas se desenvuelven con cierta frialdad reforzada por el virtuosismo corporal.
En general, la cualidad de movimiento que Favier plantea es interesante. Una combinación de movimientos acrobáticos entretejidos por gestos y fraseos a tiempo de adagio, apoyados en pasos clásicos y alternados con variaciones de cierta reiteración, los cuales son evidentes, especialmente en los unísonos.
Pero, gran parte de la obra, parece ser un pretexto para la exploración de la dinámica de la energía, como algunos de los trabajos que realizaron en los años 70, los principales representantes del movimiento posmodernista de la danza norteamericana.