Saber demasiado
El complot (Conspiracy Theory). Dirección : Richard Donner. Guión: Brian Helgeland. Fotografía: John Schwartzman. Música: Carter Burwell. Con Mel Gibson, Julia Roberts, Patrick Stewart, Cylk Cozart, Stephen Kahan, Terry Alexander. Estadounidense, 1997. Estreno.
El complot es una película no tanto sobre la conspiración como acerca del hombre que la descubre y que desde ese terrible momento firma su sentencia de muerte: él y quien se le arrime.
Su modelo inequívoco habría que buscarlo en El hombre que sabía demasiado (1955), cinta de Alfred Hitchcock que ahora recicla el mismo trío de Arma mortal: Richard Donner, Mel Gibson y Joel Silver (director, estrella y productor).
En este caso, el taxista Jerry Fletcher (Mel Gibson), quimérico enamorado de Alice Sutton (Julia Roberts), procuradora del Departamento de Justicia, descubre una curiosa maquinación de los Espectros -secretísimo núcleo de inteligencia- para matar al presidente.
Jerry es ruidoso, atropellado y se siente perseguido (un verdadero paranoico con causa), pero su testimonio resulta extravagante a ojos del vulgo; aunque, con una mano en el corazón, ¿no son acaso extravagantes todas las conspiraciones?
Así lo ve Jerry y, a la manera de Charles Fort -extraño erudito citado en El retorno de los brujos-, colecciona noticias y establece asociaciones inesperadas entre ellas. También maneja la hipótesis de una apuesta Onassis -Howard Hughes como causa de la guerra de Vietnam, el dato de que los autores de magnicidios llevan nombre doble y otras "ocurrencias" por el estilo.
¿Ocurrencias? No sé: la CIA, el FBI o alguno de los clanes de espías -que son varios y se adversan- están dispuestos aquí a eliminar al ocurrente. Y el bueno de Jerry padece (¡oh, es el colmo!) de islotes de amnesia que le impiden un razonamiento claro y distinto.
Mel Gibson está cómodo y convencido dentro de la multifacética personalidad de Jerry, a la que añade un toque de rápida ironía, mientras Julia Roberts se ajusta muy bien a los cambios del personaje. Ambos -pero sobre todo Gibson- se convierten en los soportes de una trama agitada y, en parte, nivelan los defectos de un guión que no llega a condensar su historia.
El tema del amor -sirva de ejemplo- apenas emerge de entrelíneas hacia el final, cuando ya es tarde. Es decir, no se suma a la tensión emotiva del relato, dejándonos la idea de un agregado lateral y tenue: no percibimos allí sensualidad ni poesía.
No obstante y, en términos generales, El complot mantiene a los espectadores pegados a la butaca; y esto se debe a su intencionado respeto por lo verosímil, "aquello que -según la definición de Aristóteles- es posible para una comunidad".
Vaya y tome nota.