Una oveja negra
Mulan. Dirección: Barry Cook y Tony Bancroft. Producción: Pam Coast. Guión: Rita Hsiao. Música: Matthew Wilder y David Zippel. Voces de Ming-Na Wen, Eddie Murphy, Pat Morita, James Shigeta, June Foray. Estadounidense, 1998. Estreno.
El Disney animado, aun con las mejores intenciones, ya se estaba poniendo repetitivo. De El Rey León para acá, no obstante algunos logros recordables, las películas del ciclo disneyano apostaron a la óptica del exceso visual (la pantalla se cargaba de cosas, efectos, hiperfiguras y megacolores), lo que confería al grupo un aire tópico, de rápida identificación.
Mulan es diferente. Contra dicha óptica, la cinta 36 de la serie elige una estética de la simplicidad. Esta simplicidad (muy trabajada, aclaro) es constitutiva del relato y de su contexto histórico y cultural.
Nos hallamos, así, en presencia de uno de aquellos raros filmes cuya correspondencia forma-contenido alcanza la nota óptima. Nota que solo ganan las obras maestras.
La anécdota gira alrededor de las temeridades de una joven china que, disfrazada de muchacho, se incorpora a las fuerzas bélicas de su país a la hora de la invasión de los hunos, hecho ocurrido dos mil años atrás. Fa Mulan toma la decisión a despecho de las tradiciones de su tiempo, guiada por el único deseo de sustituir a su anciano padre en la guerra.
Ayudada por los guardianes -ancestros de una realidad paralela- y con el auxilio de su magnífico caballo azabache, un grillo de la suerte y el dragoncito Mushu (animalejo más listo que el hambre), nuestra doncella se arroja a la aventura. Y los resultados de su acción electrizan a todos y merecen la desaprobación y la gloria. En ese orden.
Cada plano de Mulan es un cuadro iluminado, en el preciso sentido de que el dibujo aprovecha las posibilidades del texto filmico para plasmar sugerencias pictóricas.
De ahí que los atributos de la milenaria cultura china -sencillez, gentileza, apego a lo natural, espíritu ceremonioso, código de honor- estén integrados a la pintura, música, coreografia y efectos de la película, hasta asignarle al todo una coherencia estilística y un carácter de verdadero acontecimiento plástico (no puedo dejar de lado una mención a la panorámica de las tropas desplegadas en las montañas de nieve, donde el horizonte de vértigo iguala a la belleza).
Filme de primera, gustoso al paladar de grandes y chicos, Mulan postula asimismo un mensaje positivo de amor filial, más acá de falsos valores y prejuicios. Una oveja negra, sin duda, dentro del rebaño de las carteleras de julio.