Un thriller de relojería
El pacificador (The Peacemaker). Dirección: Mimi Leder. Guión: Michael Schiffer. Fotografía: Dietrich Lohmann. Música: Hans Zimmer. Con George Clooney, Nicole Kidman, Armin Mueller-Stahl, Marcel Iures, Alexander Baluev, Rene Medvesek. Estadounidense, 1997. Estreno .
A muchos podría extrañarles que una mujer -y debutante- sea la directora de El pacificador. Primero, por la carga de frenesí y desmesura de la película; segundo, porque a lo largo de 114 minutos de proyección no aparece la típica sensibilidad femenina de que siempre se habla.
Curiosamente, las dos únicas secuencias en las que asoma una brizna de calidez son jugadas por el terrorista Dusan (Marcel Iures), profesor de música y víctima de la guerra de Croacia.
Durante el resto del tiempo, Mimi Leder, la cineasta del caso, mantiene una actitud glacial, dedicada a construir un thriller de relojería que imita -y a ratos supera- los trabajos de John McTiernan, Jan De Bont o Richard Donner, expertos en la materia.
El pacificador cuenta la odisea del coronel Thomas Devoe (George Clooney) y de una científica nuclear, la doctora Julia Kelly (Nicole Kidman), asignada a la Casa Blanca, quienes tratan de impedir que los sobrevivientes de un núcleo terrorista hagan estallar una bomba atómica en Nueva York.
Previo a eso, los malos habían asaltado un tren en Rusia, llevándose diez ojivas atómicas, después de ocasionar la violenta colisión de un par de trenes (situaciones de altísimo voltaje, ambas, resueltas con pericia ejemplar y sangre fría).
El guión de Michael Schiffer es atractivo; y su historia, no descabellada, gana verosimilitud merced a la presencia de actores de reparto rusos, croatas y eslavos y a la perfecta reconstrucción de una Bosnia flagelada por los francotiradores.
Asimismo, el hecho de que -sobre el final- la doctora Kelly se alce con la ovación de camaradas y platea, pone un sello novedoso a la cinta : la mujer es el héroe, mensaje que nos queda en la retina y la mente. El coronel Devoe -temerario en exceso, abarcador nato- no deja de ser un James Bond gringo y nada creíble (¡rechiflas para él!).
Por desgracia, el montaje acelerado no ayuda al espectador, quien a menudo pierde el hilo del relato y, aunque suene paradójico, se extravía más en los tramos dialogados, de abundante palabrerío, que en aquellos de puro despliegue físico.
No obstante, el espectador se verá recompensado por los diez primeros minutos, casi mudos, cuando la imagen, las excelentes tomas de cámara y el tono áspero y salvaje de la acción nos regalan un momento de buen cine que uno puede llevarse a casa.