Poder absoluto (Absolute Power). Dirección: Clint Eastwood. Guión: William Goldman. Fotografía: Jack N. Green. Música: Lennie Niehaus. Con Clint Eastwood, Gene Hackman, Ed Harris, Laura Linney, Judy Davis, Scott Glenn. Estadounidense, 1997. Estreno.
El tema central de Poder absoluto es el secreto, mejor dicho, todo lo que significa acarrear un gran secreto, como si uno llevara una bomba de tiempo pegada a la piel.
No es para menos. Por una de esas circunstancias de la vida, el ladrón de alto rango que interpreta Clint Eastwood es el involuntario espectador de un asesinato sexual en que se halla involucrado nada menos que el presidente de los Estados Unidos. Segunda parte: ¿qué hará el ladrón con lo que sabe? ¿Contárselo a la policía? No, demasiado ingenio. ¿Huir?
El hombre duda, es lógico, pero, en su duda, cabe una certeza. El conflicto no tendrá una salida verbal; solo queda el camino de la acción y es un camino espinoso, ahíto de riesgos.
Con este planteo, el filme producido y dirigido por Eastwood busca su propia lógica y desata una emoción auténtica, de la que son responsables un guión fuera de serie y -en el plano actoral- los desempeños de Gene Hackman, Ed Harris, Laura Linney, Judy Davis y el mismísimo autor del engendro.
Decíamos que la acción era el camino elegido por la cinta; pero no la acción física. Existe en realidad una suma de actos que forjan el designio de la trama; y hay un viaje en carro, al final, que es un último acto de verdad y el reflejo invertido de las escenas iniciales, cuando el ladrón debió contemplar quieto un crimen de alcoba. Se trata pues de una segunda oportunidad, una redención a la manera sicoanalítica.
Aparte de ello, el filme prodiga sus "secretos íntimos". Llevo anotados tres: 1) la nocturnidad, elemento clave, que intensifica las horas límites del crimen y el desenlace; 2) la disolución de la diferencia entre corte y fundido para delimitar el curso de la narración: el ladrón pinta, ensaya dibujos (corte), y en la secuencia posterior ingresa a un palacio lleno de cuadros (a pesar del corte, los cuadros juegan de fundido, anexándose a lo que vimos antes); 3) la prioridad de lo visual, que se adelanta a la expectativa del observador (alguien enfoca, linterna en mano, los objetos de la casa y nos preguntamos: ¿viene a robar?, ¿es el padre de la muchacha?).
Más allá de sus valores de contenido y forma, Poder absoluto es también una película que se anima a fabular lo que ningún ciudadano fabula y cuya hipótesis imaginaria nos alerta con respecto a nuestras instituciones políticas y a los peligros que corren.
Por si acaso y por lo que pudiera.