El gran mundo
La prima Bette (Cousin Bette). Dirección: Des McAnuff. Guión: Lynn Siefert y Susan Tarr. Fotografía: Andrzej Sekula. Música: Simon Bowsell. Con Jessica Lange, Elizabeth Shue, Bob Hoskins, Hugh Laurie, Aden Young, Kelly Macdonald, Geraldine Chaplin. Coproducción: Francia-USA., 1997. Estreno.
Honorato de Balzac (1799-1850) quería ser el secretario de la sociedad francesa. Dueño de un talento a toda prueba para radiografiar a sus congéneres, el novelista llevó al plano de la literatura el hábito de análisis propio de la época: así, mientras el aire y el agua se reducían a sus elementos y el espíritu a la suma de impresiones que lo componen, Balzac creía que la Historia era una suma de historias individuales.
Por eso, La prima Bette es parte de un propósito de cartografía moral, episodio único y a la vez inseparable de un orden mayor que lo contiene; y McAnuff trata de que su película (relato lineal, personajes-tipo, diversificación de ámbitos) no se aparte de dicha óptica balzaciana.
Bette (Jessica Lange) no es culpable ni inocente. No, ella es una partícula del todo, burbuja de un maremoto sociológico que la estigmatizó como pariente pobre de una familia de abolengo y que no le deja otra opción que el autosacrificio o la venganza.
Ahora bien, la alternativa de vengarse -adoptada en una hora aciaga-- no equivale a soplar y hacer botellas. Hay que urdir una intriga, ganar cómplices (Elizabeth Shue, Bob Hoskins), endurecer el corazón ante la pérdida del amante y proveerse de miles de máscaras, juegos cuyo denominador común es el Secreto, lo que ocurre detrás del escenario.
La tarea de Bette, de microscópica intención -destruir a sus primos nobles-, coincidirá con la macroscópica labor de los franceses que ponen fin a la restauración monárquica y el poder de la nobleza, abriendo la etapa de la Comuna (1848).
El filme se apega a la anécdota; y la música eje de la acción -instrumento de ruptura narrativa- es su mejor aliado para potenciar el viejo melodrama, aquel que guarda nuestro imaginario colectivo y nada tiene que ver con el posmoderno culebrón.
Le invito a compartir esta experiencia -entretenida, bien actuada- y, de paso, me permito una mini-reflexión sobre el autor del engendro y las sorpresas que nos da la vida.
¡Ah Balzac! &...;l admiró a la clase alta (lo decía a cada rato) y quiso retratarla orgullosa y fielmente en sus escritos. Pero, vaya paradoja, lo que nos legó fue un archivo de las flaquezas y parasitismo del gran mundo.
¿Gran mundo? ¡No me haga reír!