Dumas, único sobreviviente
El hombre de la máscara de hierro (The Man of the Iron Mask). Dirección y guión: Randall Wallace. Libro: Alejandro Dumas. Fotografía: Peter Suschitzky. Música: Nick Glennie - Smith. Con Leonardo Di Caprio, Jeremy Irons, John Malkovich, Gérard Dépardieu, Gabriel Byrne, Anne Parillaud. Estadounidense, 1997. Estreno.
La obra de Alejandro Dumas (1802-70) pertenece a una zona legendaria, donde el arrojo y la diversión, el peligro y el retozo del guerrero construyen un verdadero espectáculo de feria.
De allí que el cine -distracción de feriantes, en su origen-, apenas tendría que copiar la propia infancia para recuperar el aliento de aquella obra y todos sus placeres.
El hombre de la máscara de hierro, así, podría verse como la bella oportunidad de filmar la historia de un joven de cabeza férreamente enjaulada, liberado por Atos, Portos y Aramís, tres nobles mosqueteros fuera de servicio, resueltos a ponerlo en el trono de Francia.
Detrás de la acción, se agazapan la intriga, viejas pasiones entreabiertas, la posibilidad de una insurrección popular (¡en 1662!), un secreto (el prisionero es hermano gemelo del rey Luis 14) y mucha, mucha novelería. Dicen que la gente gozó de la primera versión muda, año 29, y de las baladronadas de su héroe Douglas Fairbanks.
No podemos decir lo mismo de este largometraje de Randall Wallace, dedicado a repetir burocráticamente la letra (aunque no el espíritu) del libro.
Cine de grandes nombres, pobre de ímpetu y ambición, El hombre de la máscara de hierro no te mueve un pelo. Di Caprio sí que es una máscara: inexpresivo al máximo, fiado de su entorno, el protagonista de Titanic reactualiza la doctrina de Kulechov (el teórico ruso decía que no importa la expresión que uno ponga ante la cámara, lo que importa es el vínculo entre tu cara y lo que te rodea: si a tu lado hay un plato de espaguetis, todos advertirán que te relames; si estás en un entierro, todos observarán cuánto sufres).
En fin, casi nadie se salva. La posmoderna inserción de vulgaridades que impone Dépardieu a su personaje; el uso barato de un lema sagrado -uno para todos y todos para uno- ; y la rosa de D´Artagnan a la reina madre, punto clave del romanticismo devenido cursilería, son unos pocos ejemplos de las fallas que la cinta colecciona a la buena de Dios.
Dije "casi" con absoluta malicia: el único sobreviviente de la película es Dumas. Cierto: uno sale del cine dispuesto a reivindicar su memoria y a leer otra vez la hermosa epopeya nacida de su pluma de ganso.