¡Que se mueran los malos!
Misión: Seguridad máxima (Mercury Rising). Dirección: Harold Becker. Guión: Laurence Konner y Mark Rosenthal. Fotografía: Michael Seresin. Música: John Barry. Con Bruce Willis, Alec Baldwin, Miko Hughes, Chi McBride, Kim Dickens. Estadounidense, 1998. Estreno.
Uno se pregunta, a veces, cuál es el misterioso ingrediente que caracteriza lo que llamamos "gran película". Hay cintas que parecen tenerlo todo y, sin embargo, quedan lejos de esta denominación: algo les faltará, pues, ese ingrediente de que hablamos.
El asunto viene al caso después de ver Misión: seguridad máxima. La anécdota es rica, matizada, sugestiva. Un chico de nueve, Simón (McBride), autista y genio de los acertijos, descubre un código secreto del espionaje norteamericano.
A partir de aquí, su vida corre peligro. Pero un agente del FBI, Art (Willis), se convierte en protector de Simón y enfrenta a los cazadores de nuestro cuento, nada menos que altos funcionarios de la Agencia Nacional de Seguridad.
¿No es una aventura poco frecuente, delicada inclusive? Además, la actuación de Willis está hecha a la medida: es que Bruce ya es el tipo de héroe mugroso y accidentado que efectúa tareas de limpieza y reparación moral.
Y no podemos decir que el pequeño McBride esté flojo. Ni que la historia se escurra por la tangente de lo inverosímil (Harold Becker cuida muy bien de que ello no ocurra).
¿Entonces? ¿Qué es lo que falla, me repregunto, para que el filme -pese a las virtudes apuntadas- no remueva la sangre, sudor y lágrimas de quienes ocupamos la butaca?
Creo tener la respuesta: los malos son los que fallan. Alec Baldwin, primero, porque es increíble; y su pistolero-estrella, segundo, debido a su poca puntería y pésimo sentido de la oportunidad.
No por eso la fábula deja de entretener y quizá de gustar. Pero es como si, luego de haber deseado el café negro y humeante de la taza, te dieras cuenta de que está descafeinado.