TROYA (TROY) . Estados Unidos, 2004. Dirección: Wolfgang Petersen. Guion: David Benioff Montaje: Peter Honess. Fotografía: Roger Pratt. Música: Gabriel Yared. Elenco: Brad Pitt, Eric Bana, Orlando Bloom, Peter O'Toole, Diane Kruger.. Duración: 163 minutos.
De la inspiración de Homero (s. VIII a.C.), poeta compositor (aedo), a quien se le atribuyen La Ilíada y La Odisea, el cine recrea nuevamente el episodio amoroso entre Paris y Helena, con toda la riqueza visual de la que el sétimo arte hace gala ahora.
Hablamos de Troya.
Los aedos fueron voceros de las musas, y de ellas se valió el director alemán Wolfgang Petersen para darnos un filme épico lleno de nervio, de ardor, de intensidad dramática y de belleza plástica, que arriesga como arte, sin olvidar al gran público y sin caer en la obra de autoconsumo.
Es imposible saber si Melesígenes, nombre propio de Homero ("el ciego"), se mostraría satisfecho con el lenguaje imaginario que esta película estructura a partir de sus obras, con La Ilíada como punta de lanza. Añadamos que hay algún aporte tomado de La Eneida, de Virgilio, canto épico posterior.
Lo cierto es que la película recupera muy bien el tema del destino trágico del héroe. Con esa premisa, la epopeya se convirtió en el antecedente de la tragedia y prefiguró la actitud determinista del hombre ante los dioses, cuya voluntad se impone siempre, incluso en religiones monoteístas contemporáneas.
Otro asunto muy bien asumido es la llamada amplitud homérica; esto es: darle plenitud al momento que se narra. Por eso, aunque en el filme descubrimos un guion muy bien hilvanado, también vemos secuencias extraordinarias por sí solas (el duelo entre Aquiles y Héctor, cada batalla, el dolor de las mujeres, el amor de Aquiles y Briseida, el ataque nocturno a los griegos, Príamo ante Aquiles).
No hay duda que Troya es una cinta que destaca por su virtuosidad en las imágenes, siempre reforzadas por el impacto de la música, por un talentosísimo montaje que nos da la gramática rítmica de los acontecimientos y por las buenas actuaciones a un solo puño histriónico, donde quedamos pasmados por la capacidad expresiva de Peter O'Toole como el rey Príamo.
Los inteligentes diálogos dan riqueza conceptual a la espectacularidad escénica. De pronto le sentimos al filme cierto presente histórico. Es inevitable. Así, en la codicia y mentiras de Agamenón, para quien el rapto de Helena y el honor son solo pretextos, no puede uno menos que tantear discursos de hoy.
Lo confesó esta semana, en Alemania, el propio director Wolfgang Petersen: "La película cobra cada día más actualidad desde que el presidente Bush también ocultó los verdaderos motivos de la invasión a Iraq". Quiérase o no, los diálogos resultan poco ingenuos, sobre todo cuando habla Agamenón.
Con esta forzosa percepción, estamos ante una película de alta calidad. A la larga, hubiéramos preferido un Aquiles menos rígido, capaz de cantar con su cítara a los héroes de su tierra (canto IX de La Ilíada), además de vengar la muerte de Patroclo, pero lo cierto es que Troya tiene tal capacidad de seducción que uno sabe que la verá de nuevo, sin duda.