
Corría el año 1963 cuando Jack Kirby y Stan Lee -llamado con justicia el Homero del comic - publicaron la primera entrega de Los hombres X.
La historieta recreaba las hazañas de un grupo de mutantes en su afán por sobrevivir a la intolerancia de humanos y congéneres.
A mediados de los 70, otra pareja de creativos, Len Wein y Chris Claremont, sustituyeron a algunos líderes de la serie y le añadieron el matiz tormentoso que hoy resulta tan característico en personajes como Wolverine, Cíclope o Magneto.
En los albores del nuevo siglo un joven cineasta llamado Bryan Singer, que había deslumbrado a la crítica con su inusual Sospechosos usuales (1995), asumió la tarea de llevar la serie a la gran pantalla.
El resultado fue inmejorable: beneplácito unánime de legos y entendidos en la materia.
La mezcla de transformaciones y poderes asombrosos, batallas y encrucijadas personales fraguó una fórmula que, por supuesto, había que repetir.
Y así fue. Tras un segundo intento, un nuevo logro. La tercera parte prometía emociones y ganancias inmutables hasta que Singer anunció, en un "insólito" gesto de independencia, que prefería dirigir la nueva versión de Superman .
Con el corazón partido y el bolsillo tembloroso, los ejecutivos vislumbraron finalmente al sustituto capaz de mimetizar el modelo sin alardes ni protestas: Brett Ratner.
En X-Men 3 , el aplicado director reproduce sin faltas el producto diseñado por la franquicia cinematográfica: la inteligencia en los diálogos, el humor discreto y efectivo, la capacidad para entretener y la denuncia contra la discriminación de las minorías.
Acciones. Las acciones se desencadenan a partir del hallazgo de un antídoto que revierte los efectos del gen X, y es allí donde surge el conflicto y sus amplias posibilidades metafóricas: algunos mutantes sucumben ante la seductora posibilidad de encajar en la norma; otros prefieren conservar la identidad y defender sus posturas en el campo de batalla.
Probablemente el logro estético de toda producción cultural, ya sea gráfica, sonora, audiovisual o literaria, resida en su capacidad de reflejar con agudeza el espíritu de su tiempo.
Si en esta fábula de mutantes resuena con frecuencia el síndrome cotidiano de la silicona y la piel colorizada, no resultan menos familiares las palabras de Magneto cuando exclama: "Nadie nos va a curar. ¡Nosotros somos la cura!". Ahí quedan, esculpidos en celuloide, la megalomanía de algunos de nuestros gobernantes y el desprestigio de las Naciones Unidas como herramienta diplomática.
Durante el despliegue de los títulos de crédito, queda la impresión de que había mucho de visionaria en esa "inofensiva" historieta surgida hace cuatro décadas en el corazón de Manhattan.
Bret Ratner ha cumplido con la tarea del trasvase, tal vez no de manera brillante pero sí satisfactoria. Para los fanáticos del comic quedan, a manera de obsequio, la primera representación de personajes tan entrañables como la Bestia y Ángel, y un par de apariciones breves de Stan Lee y Chris Claremont, en el flashback inicial.
Lo que aún no está claro es si será esta la última batalla cinematográfica de los hombres X. Sin duda la decisión no recaerá sobre Wolverine (ver la portada de hoy de Viva ) o Tormenta, sino sobre un pequeño mutante de costumbres parasitarias y voraces: la rentabilidad.