
De verdad, lectores, el tema de los superhéroes y de las superheroínas, para decirlo según el lenguaje en boga, es asunto útil para la parodia, sobre todo en el cine. Ahora nos llega una película con tal pretensión, a partir de los rasgos marcados de una mujer posesiva, celosa, agresiva, mosqueada y resentida, quien a la vez tiene superpoderes venidos de un meteorito.
El filme se titula Mi súper exnovia (2006). Narra la historia de un joven arquitecto, Matt, quien un día se atreve a hablarle a Jenny Johnson, chica excéntrica y elegante, personalidad donde se oculta una superheroína llamada G-Girl (Chica G, por aquello del punto de erotismo máximo en la mujer).
Eso es lo más gracioso de la película, así que imagínense lo que vamos a decir de este filme, por si quieren suspender la lectura en este punto. Tal vez haya por ahí otro par de chistes para sonreír, nada más, el resto entra en la correntada de lo obvio y de lo común, a lo sumo para contestarse esta pregunta: ¿cómo será hacer el amor con una persona con superpoderes? A cama por ocasión, dice el filme.
El director de este largometraje es Ivan Reitman, nacido en Eslovaquia en 1946, cuya filmografía suena algo con algunos de sus filmes, como El pelotón chiflado (1981), Los cazafantasmas (1984 y 1989), Dave (1993) y Seis días y siete noches (1998). No es un realizador digno, de estudio alguno, que ahora toca fondo muy profudamente.
Mi súper exnovia lo lleva a uno al hartazgo con el machismo ese de resaltar lo histérico y las perturbaciones como condiciones natas de la mujer. Más convencional no puede ser, sobre todo a partir del momento en que Jenny le habla a Matt de que tiene superpoderes, de que ella es la Chica G.
En su afán por ser cómica, la película deja de ser romántica; por ser romántica, deja de ser cómica, y se desliza como una danta por un barranco: puro ruidazal y destrozándolo todo. La cinta no solo es mala, es también muy boba, en ejercicio por vender estupidez en las boleterías de los cines costarricenses.
Para empeorar, el director pensó que si ponía a los actores a sobreactuar iba a ganar en lo paródico. No resulta así, ni siquiera en las secuencias de los supercoitos, por falta de malicia o maña. Con un poco más de erotismo y de atrevimiento visual, del que asusta a los censores de oficio, habría ganado.
Nunca contamos los finales de las películas, y no lo haremos hoy. Solo les diremos que hace ratillo no veíamos un final tan pueril donde quien no quiere caldo, tiene dos tazas o dos superheroínas. Los efectos especiales están bien logrados, pero ¿es esto un mérito en la gran industria del cine? Aquí son sustitutos de la inteligencia para hacer cine sin estilo alguno.