Duelo de titanes(Remember the Titans). Dirección: Boaz Yakin. Guión: Gregory Allen Howard. Fotografía: Philippe Rousselot. Música: Trevor Rabin. Con Denzel Washington, Will Patton, Wood Harris, Ryan Hurst, Hayden Penettiere.
Estadounidense, 2000. Estreno.
Desde el inicio, Duelo de titanes parece una obra arqueológica. Como U-571: La batalla del Atlántico , el filme de Boaz Yakin (neoyorquino, tercera faena cinematográfica) desentierra un hecho porque sí. No existe el mínimo deseo de releerlo o de actualizar su contenido.
El hecho ocurrió en Alexandria, sur de Virginia, y habla de la integración de blancos y negros en el sistema escolar de los 70, a partir de un equipo de fútbol interracial.
Cabe añadir que dicha fusión es un simulacro jurídico: en la práctica, los dos colores se odian alegremente. Por eso, cuando las autoridades deciden que el pigmentado Herman Boone (Denzel Washington) sea entrenador de los muchachos, a costa de Bill Yoast (Will Patton), un carapálida reducido a la función de asistente, arde Troya. Digo Alexandria.
Pero, a fin de cuentas, los triunfos de los chicos borran los malos encuentros cercanos de cualquier tipo, y nuestra fábula casi, casi que termina.
En tal sentido, ¿Sabes quién viene a cenar? (1967, Spencer Tracy, Katharine Hepburn, Sidney Poitier) era una cinta mucho más rica en el análisis de los "contactos piel a piel". Aunque podríamos argüir que el Spencer Tracy de Duelo de titanes es aquí Denzel Washington. Quien fija pautas, cubre la pantalla y se queda con la verdad.
¿Y cuál es esta verdad? Muy simple: hay que ganar, sí o sí. El énfasis es tan grande que la obsesión ganadora deshace el tema racial y configura el ritmo. Los primeros 40 minutos, prusianos y de cuerpo a tierra, sofocan al espectador, y el resto es una copia de viejas fórmulas.
Uno duda, entonces, del rasgo arqueológico del planteo. En realidad, la película viene con mensaje... ¡y fuerte!: el mensaje dice que "todo vale" a la hora de competir.
Dentro de la filosofía del "resultadismo", poco importa el juego, esa afición prehistórica. El resultado es amo y señor, a expensas del espíritu deportivo y de los jugadores.
La esposa de Boone, hacia el final, redondea la cosa. El entrenador le pide una opinión acerca de sí mismo y de "su ambición" y ella le da el visto bueno ético, basada en que los hombres como él son raros y escasos. Menos mal.
Pero el razonamiento de la mujer es fallido, nadie es vencedor absoluto. Porque, y ya lo dijo el venerable maestro, "si ganás siempre, no vas a perder nunca".