El Santo (The Saint). Dirección: Philip Noyce. Guión: Jonathan Hensleigh y Wesley Strick. Fotografía: Phil Meheux. Música: Graeme Revell. Con Val Kilmer, Elizabeth Shue, Rade Serbedzija, Valery Nicolaev, Henry Goodman y Alun Armstrong. Estadounidense, 1997. Estreno.
Leslie Charteris, padre de la saga de El Santo, creó su camaleónico personaje allá por 1928: un ladrón gentilhombre, capaz de las habilidades menos creíbles y de un transformismo fuera de serie. Diez años después, el cine -tentado por las cualidades del aventurero- requirió la presencia de George Sanders para la primera versión de celuloide; y dos décadas más tarde, la tevé de los 60 igualó al irónico Roger Moore con Simon Templar. Ahora, Robert Evans, legendario productor de los 70 (Barrio chino, Polanksy; El padrino, Coppola), creyó que Val Kilmer haría un Santo muy próximo a lo humano y, sin embargo, con el mismo magnetismo de los antecesores. No se equivocó.
El Santo, la película, gira alrededor de dos planteos discursivos. Uno pertenece al presente: la joven física Emma Russell -dicen que dicen- ha descubierto la solución del problema energético mundial por medio de una ecuación milagrosa. El rumor provoca, ¡cómo no!, la codicia de los malos; en este caso, de la mafia rusa jefeada por Iván Trétiak, quien decide encargar al Santo la misión de obtener la dichosa fórmula.
Otro, aborda el problema de la identidad del héroe (la cinta es desde el vamos una incursión a los orígenes), ya despojado de niño de su nombre propio (él escoge secretamente llamarse Simon Templar) y cultor, con el paso de los años, de un travestismo que acoge máscaras diversas a partir de un común denominador: los santos cristianos, a quienes Templar imita sucesivamente.
Es el tema de Proteo, el dios marino de los griegos que cambiaba de forma cuando quería, trasladado a los escenarios del crimen y el espionaje del siglo 20, escenarios que fecundan de modo paralelo la historia de amor de Simon y Emma. ¡Ah..., de nuevo el placer y el deber, el goce del corazón y los oficios terrestres! La cinta me gustó por dos razones: primero, entretiene y emociona sin golpes bajos; y, segundo, logra que los efectos especiales se acoplen a la historia y no destaquen por su cuenta. Claro, la lógica de la trama no resiste si uno analiza rigurosamente los hechos; pero, si nos dejamos llevar por el encantamiento de las situaciones y la frescura de la pareja Kilmer-Shue, la aprobación de la película es inmediata.
Hitchcok, por ejemplo, hizo una gran película de espías (Intriga internacional), en la que el guión brillaba por su ausencia. El Santo reitera aquel esquema y trata de cargar la pantalla de sentimiento, a partir de las dotes mágicas de un héroe sorprendente y de los prodigios del amor al borde de un ataque de nervios. El resto es vanidad de vanidades.