No nos cabe duda que John Travolta y Uma Thurman hacen buena química como pareja histriónica. Ya los habíamos visto en la buena cinta de Quentin Tarantino, Pulp Fiction (1994). Allí los dos trabajaron muy bien. Ahora repiten en Tómalo con calma ( Be Cool , 2005), dirigida por F. Gary Gray, y ambos lo hacen de una manera en exceso frívola y superficial.
Casi no es culpa de ellos: la película es igualmente trivial, baladí, fútil y cuantos otros sinónimos ustedes quieran desenfundar. Se trata de una secuela del filme El nombre del juego ( Get Shorty , 1995), de Barry Sonnenfeld, donde el personaje Chili Palmer, tipo taimado y cínico, se metía en la industria del cine para hacer negocios espurios, para mostrar con ironía las veleidades y engañifas del ambiente en Hollywood.
Ahora vuelve Chili Palmer (siempre encarnado por John Travolta), solo que esta vez recala en el negocio de la música, de las factorías disqueras, cuando él adopta como protegida a una preciosa cantante negra con muy buena voz, llamada Linda Moon (Christina Milian).
Palmer debe enfrentarse a mafiosillos que tienen contratos con la cantante, a mafiosotes rusos que entran en el juego sucio y a una pandilla de raperos. Chili Palmer debe darle rienda suelta a su astucia y se une (se liga, incluso) a una joven viuda dueña de un sello musical, como lo es Edie Athens (Uma Thurman). Palmer se toma el enredo con astucia gangsteril.
En todo esto, tiene su papel Steven Tyler con su grupo Aerosmith. Tyler hace de él mismo, y es tan mal actor que hasta eso resulta fracaso histriónico. El único actor que sobresale, aunque ustedes no lo crean, es Dwayne Johnson, mejor conocido como La Roca ( The Rock) en la lucha libre y otras cintas de acción. Ahora hace el papel de un homosexual que desea ser actor, sin tener pasta para ello. De verdad, Johnson se luce con su personaje. Es lo único bueno del filme.
El resto es decepcionante, con un guion más insípido que chicharrones sin grasa. Su humor es soso o desabrido, pese a que viene de una novela de Elmore Leonard. Resulta película superficial, donde la ironía y el humor negro se desperdician como agua por un coladero.
El director F. Gary Gray nos da un filme sin inspiración alguna, sin siquiera mostrar oficio, menos arte. Es una película tan fullera consigo misma como el mundo de la producción de música que nos quiere mostrar. No hay creatividad de nada, tampoco en la banda sonora (esto es casi una traición al filme) ni en la fotografía, menos en el montaje.
El relato va a trompicones: es un soporífero viaje al bostezo en la butaca, al desencanto y a la inutilidad temática. Es cine en estado de coma, y esto cuesta tomárselo con calma. Está hecho con el desinterés más definitivo, con penuria imaginativa y con diálogos peor que simplones. Esta película es la evidencia de cómo algunos, en cine, llenan de nada una caja vacía.