Ahora nos llega una película argentina que abandona la temática tradicional o los estilos propios de esa cinematografía. Se trata de un filme sin hondura humana alguna, sin cuestión social en su trama, sin humor fino, sin aire poético, sin nostalgias por nada, sin análisis de caracteres, con tan solo un argumento trivial para mostrar imágenes de corte hollywoodense.
Se trata del largometraje Peligrosa obsesión (2004), dirigido por Raúl Rodríguez Peila. Narra la historia de Javier Labat (encarnado por el actor Pablo Echarri), argentino, cuya familia es dueña de una empresa camionera. Javier está en Río Janeiro, hasta donde ha llegado a dejar un encargo con su camión. De pronto, porque sí, ahí es retado a jugar futbol.
La frase "picante" para Javier es que Pelé futbolea mejor que Maradona, por lo que se mete en un juego que resulta violento, del que tiene que huir como alma que lleva el diablo. En el camino, se le mete otro argentino, quien será su compinche, así de facilito. Por ahí, ellos se topan con unas bolsitas de droga, de esas que parecen traer talcos con su blancura engañosa.
También se encuentran con una mujer llorosa en el servicio sanitario para hombres. ¿Será casualidad? Luego sabremos que no. Es una trama que va a marchas forzadas, como sacada con fórceps, por momentos con ritmo atropellado y, en otros, con sus secuencias aletargadas.
El peor momento es cuando a Julián lo desnudan y le ponen miel en el cuerpo para que se lo coman unas hormigas. Es posible que muchas espectadoras y algunos espectadores no se fijen tanto en las hormigas como sí en el cuerpo del actor Pablo Echarri. Igual puede suceder con la escena del actor Mariano Martínez en un club nocturno, con sus ancas desnudas, pero sin cola de caballo.
Hay persecuciones, tiroteos, moquetes y algunos chistes visuales, pero nada levanta el interés por la película. ¿Quién mete al cine argentino en estos menesteres? Mientras los autos explotan gracias a trucos digitales, el argumento se desgasta más que las llantas de los camiones.
Las actuaciones son poco serias, sobre todo la de la actriz Carol Castro como Marina, la chica llorona en el sanitario para hombres.
Esta película no tiene verosimilitud alguna y las actuaciones se banalizan poco a poco con sus personajes. Decía el pintor Pablo Picasso: "Bienaventurado los que me imitan, pues de ellos serán mis errores". Esto puede repetirlo Hollywood ahora ante este filme argentino, cuyo título ni siquiera tiene sentido con respecto a la trama. ¡Qué mal!