Aquí está la tercera película con el personaje Blade, nacido en un cómic, de manera secundaria, en 1973. Ahora, Blade llega en la cinta más mala de la trilogía, en la más achacosa y en la menos lograda, que solo cumple la función de entretener a los espectadores muy fiebres. El título de este tercer filme es Blade: Trinity (2005), escrito y dirigido por David S. Goyer.
El asunto es que, esta vez, Blade (siempre con la actuación pétrea de Wesley Snipes) cae en una trampa muy tonta, y mata a un mortal cuando piensa que es un vampiro. De ahí, todos estarán contra él, a punta de aniquilarlo: la policía humana, los vampiros y los "familiares" (humanos que ayudan a los espectros sanguijuelas). Es cuando aparece un grupo llamado Seguidores Nocturnos.
Estos Seguidores salvarán a Blade y serán sus aliados, sobre todo Abigaíl (chica de tinte amazónico) y Aníbal (galancito jovial).
Esos tres tumban a los vampiros con elegancia digna de los Panchos al sacarse un bolero, aunque es mejor trío el de Los Panchos.
Lo cierto es que el filme se llena de incoherencias en su trama, poco a poco, donde hay una bomba capaz de matar a cualquier chupasangre, con el riesgo de que también puede matar a Blade.
Veremos cómo los vampiros resucitan a Drácula, principio y final de los colmilludos, su máxima expresión. Drácula es la suma de los espectros y pasa de un físico apachucado al de un monstruo fantástico. Es omnipotente, pero la primera vez que se encuentra con Blade, aunque ustedes no lo crean, Drácula sale corriendo.
Es cuando entendemos que a la cinta no hay que tomarla en serio. Es mejor reírse de sus propias debilidades, así no les dolerá lo que pagaron por el boleto.
A eso ayudan los diálogos: la estulticia tal como es, con un Aníbal que recibe golpizas y siempre se muestra como si nada: hable que hable; con una niña a la que hay que rescatar, pero nadie sabe dónde se mete al final; con Drácula con pinta de mendigo; en fin: la decadencia de la saga "bladeana" toca fondo. Incluso, los efectos visuales son los de siempre: en serie, pero no en serio, mostrados con desgano, y la banda sonora hecha para torturar buenos oídos con sintetizadores.
Nos gusta una definición que leímos por ahí: este es un filme de puro ruido, incluso visual.
Estamos ante una película sin ingenio, sin inteligencia, mal narrada, fragmentada innecesariamente y sin energía. Le aseguramos que en los clubes de video hay mejores cintas que esta, dentro del mismo género.