
Rey Arturo (King Arthur)
EE.UU-Irlanda , 2004, 124 minutos
Dirección: Antoine Fuqua
Guion: David Franzoni
Producción: Jerry Bruckheimer
Fotografía: Slawomir Idziak
Música: Hans Zimmer
Edición: Conrad Buff, Jamie Pearson
Intérpretes: Clive Owen, Keira Knightley, Stellan Skarsgärd, Ioan Gruffudd, Stephen Dillane.
Lo que aparentemente ocurrió en la historia, siempre viene envuelto por un difuso velo de (ir)realidad cuyas fronteras, casi siempre inciertas, se difuminan sin que sepamos dónde termina “lo que ocurrió” y dónde comienza lo “ficticio”, o viceversa.
Quizás sin tomar en cuenta esta premisa de lo que se conoce como “historia”, la última versión cinematográfica sobre el Rey Arturo, sus caballeros y todas las abundantes leyendas asociadas a su figura, pretende contarnos la “verdad” sobre este personaje y sus acciones.
No obstante, esta versión más reciente evade las referencias más conocidas del mito, que se fueron conformando durante siglos (la espada de Excalibur, la búsqueda del Santo Grial, la magia de Merlín, etc) y se concentra más bien en los hechos históricos que definieron la vuelta de Lucio Artorio Casto (el rey Arturo) a Britania en el siglo V a. C, en plena decadencia del Imperio Romano.
Así, Rey Arturo nos narra la lucha que este célebre personaje y sus caballeros sármatas deben emprender, paralelamente, por deshacerse del control romano, pero sobre todo para rechazar las invasiones de los sajones de aquella época.
Para ello, su director Antoine Fuqua (Training day, Tears of the sun), su productor Jerry Bruckheimer (La maldición del Perla Negra, Pearl Harbor) y su guionista David Franzoni (Gladiador, Amistad) se esforzaron por ser fieles a los hechos históricos y contar esta leyenda de la manera más “verídica” posible, aunque sin el misterio, la ambigüedad o la épica de otras versiones como Los caballeros del Rey Arturo (1953), de Richard Torpe, "Lancelot du Lac", de Robert Bresson (1974) o Excalibur (1981), de John Boorman.
En ese sentido, Rey Arturo es una película mediocre, desde cualquier lugar desde dónde se mire: un guion disperso que no logra establecer ni una historia ni unos personajes intensos ni atractivos; una fotografía y recreación histórica y escenográfica correctas, aunque sin intensidad visual ni ímpetus o riesgos de producción; una pésima banda sonora que pretende en todo momento ser grandilocuente, pero con cursilerías y lugares comunes constantes; unas anodinas actuaciones que poco se adentran en la carne y conflictos de sus personajes.
Esto se hace evidente, tanto en las relaciones que establece Arturo con sus fieles caballeros, como en su romance con la bella y perfecta Ginebra; pero, igualmente, en las batallas donde, en lucha desigual en número y fuerzas, los Caballeros de la Mesa Redonda demuestran su infinito amor por la libertad, su valor extremo y su hidalguía invencibles, en tales grados de irrealidad que no hacen dudar de estar viendo “realmente” la historia, y no otra versión más (y no precisamente buena) de la leyenda.