Aceptémoslo. Lo cierto es que la comedia romántica o sentimental viene de capa caída en la industria cinematográfica. Ya ni siquiera hay esa valentía para decir: “Si tenemos la suerte en contra, ¡pues cambiemos la suerte!”, y este tipo de cine se hunde en folletos complacientes, poco humorosos (si acaso para ocasionales sonrisas) y absolutamente predecibles, como si la fórmula solo fuera una para el amor.
Exactamente, eso es ahora lo vivido con la exhibición de la cinta Marido por accidente (2008), donde lo único rescatable es la sutileza cariñosa que el cuerpo de actores pone en sus personajes, sobre todo Jeffrey Dean Morgan, como el bombero que idea una venganza contra una periodista radial, quien tiene un programa sobre el amor y las relaciones de pareja.
Él quiere vengarse porque ella le disparató una relación sentimental, y lo hace cuando la reportera –precisamente– va a casarse. Esta periodista viene encarnada de manera irregular por Uma Thurman, quien a ratos se muestra bella, intensa y hasta jocosa, para –de repente– verse aperezada o desganada con su personaje. Sin duda, Thurman actúa mejor cuando está con Jeffrey Dean Morgan en escena, no así cuando interactúa con Colin Firth.
Lo cierto es que el guion del filme es absolutamente intrascendente. Esto sucede porque se ha perdido la originalidad temática en las comedias románticas y, se sabe, a las ovejas se las puede esquilar, pero no despellejar. Visualmente, Marido por accidente se autoplagia, también con su música y fotografía. El único interés de este filme es una razón crematística (negocio, a la larga no tan bueno).
La trama de la película es incapaz de resistir por sí misma todo el metraje, de ahí su entonación repetitiva. Es inhábil para reinventarse. Es comedia mediocre.