
Al director Martin Scorsese le gusta explorar ese límite imperceptible que palpita entre el bien y el mal. En ese trazo, Scorsese ha dado películas de diferentes calidades. Hoy le toca manifestarse con cine recomendable por su buena calidad, titulado Los infiltrados (2006).
Esta película no repite la excelencia de largometrajes escorsesianos como Taxi Driver (1976) o Toro salvaje (1980), ni siquiera supera la buena calidad de El color del dinero (1986), pero sí está mucho mejor que ese bostezo sin arraigo de La última tentación de Cristo (1988) o que ese “churro” ideologizante que es Kundun (1997).
Martin Scorsese es un director camaleónico que ha sabido adaptarse al mimetismo de la gran industria cinematográfica: Hollywood lo atrapó, cierto, pero ahora logra un buen producto con esa temática hartamente repetida por él: la mafia con sus juegos de acentos criminales.
Los infiltrados se inicia de manera perezosa. De pronto, cuando uno creía que la suerte estaba echada, la película es capaz de reavivarse como si fueran los desdenes del amor. De aquí en adelante, uno se ve envuelto en tal red de acontecimientos policiales, que queda atrapado por el filme como mosca en telaraña.
Por secuencias, la película resulta innecesariamente farragosa, como a un sastre cuando se le pierde la costura por culpa de la mucha tela. Así, el exceso de metraje le complica al filme su desarrollo narrativo. Tratamos de decir que Los infiltrados es ociosamente complicada, aunque no es cinta compleja ni quiere serlo.
Valgan las anteriores observaciones para enfrentar opiniones de quienes ven, en esta película, una obra maestra. Tampoco le zafamos la tabla a la buena calidad de la cinta, porque tenemos muy presente aquella frase del español Francisco de Quevedo, para evitar cumplirla: “Bien puede haber puñalada sin lisonja, mas pocas veces hay lisonja sin puñalada”.
Los infiltrados tiene mucho nervio en la narración, sobre todo cuando hay acción de punta. Cuenta con una excelente dirección de actores y solo se escapa el histrión Jack Nicholson, dejado por la libre con sus tics de siempre. Por su parte, Leonardo DiCaprio y Matt Damon encarnan en el punto justo a sus personajes de sumamente conductas duales.
La película retrata muy bien lo que es “un infecto nido de paranoia, engaños y baños de sangre”, según palabras publicadas en Newsweek , y es refrito de una cinta hongkonesa titulada Juego sucio (2002). Martin Scorsese muestra, con eficacia, un despiadado trozo de la vida, emocionante y violento, posible y real.