
El documental no es género fácil; aunque el sagaz Michael Moore ha demostrado que el documental está tan cerca del sétimo arte como los filmes de Einsenstein, Welles, Ford, Buñuel, Bresson, Bergman y otros autores cinematográficos.
Cuando alguien tiene algo que decir, lo mejor es apuntarlo. El ensayo será siempre una literatura de ideas, aunque no todos tengan la buena prosa del cubano José Martí, del mejicano Alfonso Reyes o del dominicano Juan Bosch. Pues bien, el documental viene al cine lo que el ensayo a la literatura.
En alguna ocasión, el cineasta Alexandre Astruc manifestó que el cine lo puede decir todo. Ahora, el exvicepresidente estadounidense Al Gore logra que una importante tesis suya, no solo suya, le llegue a la gente, y lo hace con el cine.
Ya sabemos que se trata del documental La verdad incómoda (2006), dirigido por el joven Davis Guggenheim. La verdad, este director no es de los más ingeniosos, por lo que la cinta parece clase magistral con Al Gore como exponente. La agilidad del filme proviene de imágenes para reforzar las palabras de Al Gore.
Eso no quiere decir que el documental sea aburrido. No puede serlo un filme que habla de la suerte de la humanidad, cuando advierte que vivimos sobre el filo de la espada y nos vamos a trozar mortalmente. Estamos ante una producción escalofriante.
La verdad incómoda (100 minutos) es verdad más que película al hablar de los efectos devastadores del cambio climático, lo que llamamos calentamiento global. Es verdad aterradora que nos deja pensando más allá de sus imágenes impactantes. Al Gore tiene la virtud de decir algo que los gobiernos nos ocultan, mediatizados estos por fuertes intereses económicos.
Por momentos, el documental entreteje el tema del calentamiento global con la propia vida de Al Gore, lo que puede ser o no amigable recurso para el espectador, mientras insiste en su idea: vivimos sobre una bomba de relojería muy exacta y estallará a menos que cambiemos algunas costumbres.
Por momentos, las palabras de Al Gore y las imágenes se repiten con acento de letanía. No es lo mejor en un ensayo fílmico, pero el documental busca ser implacable cuando los humanos somos tan tercos y tan torpes ante asuntos como el calentamiento global y las guerras, y no pensamos solo en George W. Bush, Jr.
Como alegato, estamos ante una cinta oportunísima.
Negar el calentamiento global solo nos deja en ridículo. Al Gore nos quiere llevar al fondo con convicción, casi de la mano y con datos inobjetables.
Hablamos de un documental inteligente y necesario: verlo es asunto de responsabilidad ética, una absoluta obligación.