
He aquí un filme que, para su rodaje, contó con casi todo el complejo de las Naciones Unidas, desde los salones del Consejo de Seguridad hasta la Rosaleda, durante cinco meses. Solo tuvieron que filmar fuera de horario y los fines de semana. Nos llega con el respaldo de un buen director: Sydney Pollack. Se trata de La intérprete (2005).
Su trama se desliza entre dos polos. En uno, tenemos una especie de película de acción más comedida de lo que tradicionalmente se nos ofrece; o sea: un thriller . En el otro se nos ofrece un drama moderno sobre una mujer que trabaja de traductora simultánea en las Naciones Unidas, quien se entera de que será asesinado un gobernante africano en la propia ONU.
Entre el drama y la acción, la película resulta buena, sin maravillar, pero con sutileza y con caligrafía fílmicas que (de ninguna manera) pretenden imponérsele a la trama. La sutileza mencionada estáen que sugiere el suspenso, sin quedarse en él; advierte sobre política, sin convertirse en enunciado; apunta al estudio de caracteres de los personajes, sin abochornar con sus conflictos; y propone la acción, sin lastimarse con secuencias epilépticas.
Eso es mérito de un director que maneja su oficio, que conoce de las pausas en un relato, de los puntos de giro narrativos y de los nudos dramáticos que llevan al clímax. Por supuesto que cuenta con un buen elenco.
Cierto que se puede esperar más de Sean Penn, quien parece acartonarse en un estilo histriónico; pero Nicole Kidman es una actriz intensa y encarna a su personaje de la intérprete con sensibilidad y gran manejo del detalle. Ella es convincente mientras enfatiza acentos de un inglés sudafricano y logra mostrar a su personaje como un enigma.
El filme muestra un acertado manejo de los diálogos: los necesarios, a veces más cortantes que expansivos, secos y ajustados. Cierto que, en ocasiones, diálogos e imágenes caen en sentimentalismo ineficaz: son como notas innecesarias al pie de página de un texto escrito. Algo así como cantar un solemne himno religioso en un concierto de música salsa.
No hay que molestarse con lecturas políticas, sobre si es o no un texto político que apunta a la situación en Zimbabwe (en la película, el lugar africano se llama Matobo). Al filme se le siente una pátina progresista, pero lo deja a uno con abejón en el buche con eso de que los negros son los malos y los blancos son los salvadores. Es cuando el filme se desliza en alfombra de clavos; por lo demás corre muy bien y resulta buena opción para ver. Ah: ¡bendita sea esa belleza que los dioses, todos, le han dado a la señora Kidman!