
El estreno en el país de la película Solo para parejas , comedia sentimental, nos da para reflexionar un poquito más allá de la calidad o no propia del filme. Empecemos, así, de manera más directa este comentario, ¿les parece? Hagámoslo, pues, con el diseño de personajes.
Si la caracterización de personajes es capaz de resumir la filosofía de una película, en el caso de la comedia Solo para parejas (2009) está claro que es de contenido cero, bajo cero, menos cero, doble cero, lo que quieran.
Con pésima definición de personajes y un repetir anodino de ligerezas, el resultado en la trama es el vacío, pese a que cuenta con tres guionistas, o sea, que entre más cocineros, más rala queda la sopa.
Por otra parte, la puesta en escena de dicho filme es prácticamente una radiografía del hombre invisible: hay tal desdoro escénico o visual que uno queda dudando seriamente sobre si el director Peter Billingsley cumplió o no su trabajo. Lo cierto es que la cinta Solo para parejas no necesita ser vista dos veces para causarnos la más encarnada decepción.
No solo decepción, también siente uno nostalgia por las viejas comedias de los mejores tiempos de Hollywood, cuando el elemento sorpresa era parte del discurrir del humor y los diálogos se nutrían de inteligencia.
Las comedias de hoy parecen casas prefabricadas; por eso, son tan previsibles y sosas: no hay otra realidad en ese movimiento pendular. En el caso de Solo para parejas , lo peor es que el actor Vince Vaughn –también coguionista y coproductor– se recetó más pantalla y el resultado es fatal.
Lo cierto es que estas comedias hacen de la estulticia una mercadería. Eso vende el cine actual. Aquí, en Solo para parejas , el argumento gira sobre los conflictos maritales en la pareja, vistos con trivialidad apabullante y con el criterio más burgués que podamos imaginar. Igualmente son trances superficiales y burgueses.
Se sabe que las bodas son la parte bonita del contrato social; en cambio, la convivencia matrimonial es la letra menuda de esa formalidad en la pareja. En esta película no hay letra menuda, todo es pura brocha gorda, con alguno que otro buen chiste por ahí. Todo se reduce a cuatro parejas que se van a una isla de fantasía a recuperar lo mejor de sus vidas matrimoniales.
Sucede lo contrario: los problemas afloran con más intensidad y cuando el callejón se queda sin salida, he aquí que como por arte de un demiurgo, todo se arregla en las parejas y un buen revolcón erótico es el sello final y feliz de los acontecimientos. El relato ha sido como un concierto con un piano sin teclas, por lo que es mejor una cama que un concierto. ¡Vaya!
La película sucede sin propiedad estética en lo visual, con evidente y dolosa carencia de tensión dialéctica en los conflictos, sin agudeza ni vivacidad, con malas actuaciones (más bien, pésimas) y peor fotografía, con música cajonera y con un montaje que se muestra impúdicamente defectuoso y también sin ritmo. Tal vez este filme sea un cuerpo con corazón, pero –eso sí– sin latidos.