Desocupada lectora y desocupado lector: sin juramento me podrán creer que quisiera que esta crítica, como hija del entendimiento, fuera la más gallarda, suficiente razón para que ustedes asistan al cine a ver un melodrama en su esencia, fórmula evocadora de lo más sentimental de los sentimientos, como lo es el filme Los abrazos rotos (2009), de Pedro Almodóvar, y que me perdone Cervantes por parafrasearlo.
Ya lo sabemos, para dicha del buen cine: en un lugar de la Mancha, de cuyo nombre ni puedo acordarme, no ha mucho tiempo nació Pedro Almodóvar, un año antes que yo, en 1947. Él ha llenado la pantalla grande de las más abiertas y de las más escondidas reacciones. Alguien me dijo el otro día que el bueno de Almodóvar le vendió el alma al diablo para su éxito.
En ese caso, yo se la regalé, porque no puedo ignorar la maestría intuitiva de don Pedro y saber que es un genio con el melodrama. Con él, las musas más estériles se muestran fecundas. Como decía el gran cineasta francés, Jean Renoir: “Los grandes directores emplean toda su vida haciendo una y otra vez la misma película”; eso es cine de autor y vale para Almodóvar.
Por eso, los lugares comunes en Los abrazos rotos –cuestionados por algunos críticos– son más que “autorreferencias”: son una personalidad. Su cine es pendular y va desde un filme menos bueno como Kika (1993) hasta esa obra maestra que es La flor de mi secreto (1995).
En esa oscilación, Los abrazos rotos es de su mejor cine, aunque Almodóvar –esta vez– haya renunciado a la presencia de su gozoso anticlericalismo, a sus punzantes glosas de hombre de izquierda y a su aguda tolerancia sexual.
La trama de Los abrazos rotos no solo es exquisita, sino que está muy bien estructurada, bien amarradita, sin hilos sueltos, y esto es lo que importa para efectos de la crítica (no que a mí me haya deleitado). El incisivo diseño de sus personajes le permite mostrarse como buen director de actores, con Penélope Cruz en estado de gracia, extraordinaria, y un Lluís Homar excelente.
No hay duda: Almodóvar cineasta lo es todo gracias a Almodóvar guionista. Por eso, este filme es eufónico a la vez que exhibe una estudiada composición de la imagen, desde el encuadre. A ello, contribuyen la música de Alberto Iglesias y la fotografía de Rodrigo Prieto, más el cuidadoso montaje de José Salcedo, con el corte, pausa y empalme justos de un melodrama sensual y, lógico, sensitivo.
Este filme es un ejercicio de amartelamiento, cuya galantería nos pone a reír o a llorar indistintamente por lo mismo, tan cine de autor como cine de arte, de cámara hipnótica y trama seductora. ¿Qué más queremos esta vez? A Almodóvar otra vez.