No sé si lo habrán notado, de que muchas de las comedias románticas hollywoodianas manifiestan una abierta o una solapada misoginia. Su adversión a las mujeres pasa por los más distintos chistes con una sola premisa: “Quien no tiene suerte con las mujeres, no sabe la suerte que tiene”, así por el estilo.
Ahora nos llega una nueva comedia sentimental, La cruda verdad (2009), dirigida por Robert Luketic, filme que equilibra esa tendencia. Así, su humor lo establece al burlarse tanto del hombre como de la mujer cuando de romances se trata. No es que el amor sea ciego, ¡qué va!, es que enceguece a quienes se enamoran.
Lo cierto es que –ante el público– la película logra sus mejores secuencias de humor cuando asume esas burlas por parejo. Su trama narra cómo una productora de televisión, aunque bella, no le encuentra la comba al palo en asuntos amorosos. Es cuando un desaliñado y alocado presentador se convierte en su consejero para que ella enamore a su vecino guapo.
Ustedes pueden imaginarse lo que va a suceder y quién se quedará con quién al final de la película. En esto, la trama es cada vez más predecible conforme se desarrolla: ya se sabe que bajo el canto de la gallina se encuentran los huevos.
Por eso, para uno, la felicidad de la película no está en su desarrollo ni en su final, sino en momentos ocasionales, con la complicidad de la buena química manifiesta entre la actriz Katherine Heigl y Gerard Butler. El filme se alarga como manguera de bombero, siempre lo mismo, para saber que solo saldrá agua en donde ni siquiera hay fuego: es película muy obvia. En verdad, esta es la cruda verdad sobre La cruda verdad .
Se trata de una película pulcra en su acabado formal y dotada de buen ritmo en el relato, pero que –aún así– se siente aséptica en su realización; el problema es de su trama, totalmente hipotecada por su falta de originalidad. Es probable que le falten algunos gramos más de locura.