
Poema humanista. Poema del humanismo. Eso es la más reciente película del maestro Clint Eastwood, con el título de Invictus (2009), por los poemas que acompañaron, entre mucha lectura, a Nelson Mandela a lo largo de sus más largos 27 años de cárcel, en Sudáfrica: «Yo soy el amo de mi destino. Yo soy el capitán de mi alma» .
Era la época de la separación injusta de los negros con respecto a los blancos. Para los segundos todos los privilegios y el poder; para los primeros, lo poco que quedara de la mesa de los blancos.
Nelson Mandela fue signo, canto y líder de la caída del infame Apartheid . Así, desde una celda estrujante.
Luego, en el poder, Madiba – como lo llamaban– fue gesto material de perdón, de reconciliación y de abandono de la venganza: generoso en el triunfo. Esta faceta es la que retoma Clint Eastwood, ahora muy lejos de aquellos policiales violentos y vengativos.
De manera clásica, sin aspavientos formales, con gran confianza en el contenido del drama y con sabiduría para narrar sin efectismos en la puntuación visual, Eastwood nos da una lección de buen cine, indaga en la complejidad humana (individual y social) y ajusta la cámara al ojo del intelecto y sentimiento humanos.
Para sostener su relato, este virtuoso director encuentra en los actores Morgan Freeman y Matt Damon los puntales para hacer que la historia fílmica sea creíble y de alabar, ¡qué par de histriones y qué entrega para con sus personajes! La verdad es que la dirección de actores es excelente, basta con ver el reparto en su trabajo. La música, más que la fotografía, resulta valiosa y oportuna para subrayar los distintos estados de ánimo que discurren por el relato.
Es en los diálogos donde se falsea la película, porque son casi siempre discursos entonados en conversaciones comunes.
Ese afán discursivo por hacer una especie de hagiografía sobre Nelson Mandela, incluso en los parlamentos humorosos, resulta afán innecesario, tal la fuerza del personaje.
No solo se trata de cine reflexivo, con secuencias intimistas, sino que maneja muy bien sus escenas de acción deportiva y se convierte en clásico de este subgénero: aquí el deporte es parte de un espacio político y revolucionario, y en las imágenes vemos cómo Clint Eastwood sabe componer un plano, montar una secuencia, crear atmósfera, dotar de ritmo a la narración, hacer creíble a los personajes y cerrar con elegancia una historia de distintas vicisitudes.
Con el filme, se siente bien que Mandela es hombre que nunca abandonó a su pueblo, nunca buscó el exilio cómodo. Eastwood lo dice con respeto artístico. ¿Cómo esta cinta no está por un Óscar y sí una fantochada paramilitar como Zona de miedo ( The Hurt Locker )? ¡Eso es Hollywood! Volveremos al tema.