Desde el campo ficcional, el cine es –fundamentalmente– narración y representación. Ahora, en el caso del estreno en Costa Rica de la película italiana Gomorra (2008), dirigida por Matteo Garrone, vemos cómo esta cinta se acerca al estilo del documento para mostrar una realidad tal y como esta se manifiesta: la presencia de la mafia en la vida cotidiana.
Por ese mismo carácter, el filme también asume la responsabilidad de la denuncia, de manera dura, casi cruel, en cinco historias que se entrecruzan: la narración corre como hilado de telaraña, como un coro de sirenas que advierte sobre la corrupción, la muerte y la deshumanización social.
Aquí no hay efectos especiales de corte manipulador, porque la película se muestra como eso que algunos llaman ahora realismo sucio, y que no es otra cosa que el naturalismo literario de años, donde la realidad es mostrada como llaga, en lo más purulento e injusto de su conducta. En todo caso, realismo sucio o naturalismo, el filme atiende a removernos desde sus imágenes y desde la descripción.
Gomorra no es una película del montón, qué va, aunque le cuesta arrancar en su dinamismo dramático por el carácter fragmentario de las historias que se van cruzando, cada cual con sus propios personajes. Es que se toma mucho tiempo con cada una y se aletarga el desarrollo en su conjunto; aún más, al principio cuesta entender por dónde va la procesión.
Eso sí, una vez que agarra su propio ritmo, el filme es imparable y nos sacude; por ejemplo, es imposible sustraerse de la denuncia sobre lo que se hace con la basura tóxica en Europa o, por igual, de la de los jovencitos absorbidos por las distintas pandillas mafiosas. A cada momento, la cinta nos interpela sobre el injusto fenómeno de la marginalidad.
Gomorra no es dechado artístico, pero su testimonio es audaz y se expresa con agudeza narrativa. Se trata de una película para recomendar: no se la pierdan y tómenla como advertencia (no olviden que estamos en el siglo XXI y aún sucede lo que ahí vemos).