
Si el cine es –básicamente– representación y narración, decir que una película sostiene su calidad con buenas actuaciones y con su magia al contar una historia, esto es una perogrullada. Mas, en el caso de la película El luchador (2008), es nuestro mecanismo para insistir en los pilares de este extraordinario y vehemente drama.
El luchador lleva el sello de su director Darren Aronofsky, de quien ya hemos visto títulos sobresalientes como Pi (1998) y, sobre todo, Réquiem por un sueño (2000).
Hoy, El luchador se mueve por la acción de la fuerza vital de su personaje, presente en todos los acontecimientos que hilan el relato, donde el actor Mickey Rourke se llena de fuerza dramática, no solo para hacernos creíble su personaje, sino para meterlo bien adentro de nuestras sensaciones y emociones.
Se trata de la historia de una agonía, la de un tipo de esplendoroso pasado en la lucha libre (en su expresión más enfermiza). Se trata de Randy Robinson, El Carnero , quien ve cómo su sitial se viene abajo. Dicha caída también es un proceso degradante en él.
Este relato cinematográfico comporta aquella expresión de Georg Luckács al definir un texto literario: “Es la historia donde un sujeto degradado –en un mundo degradado– localiza el problema medular y provoca una ruptura con ese contexto”. Esa ruptura es la que aquí no podemos reseñar, pero le da el carácter inevitable de tragedia a esta buena película.
Como decía Octavio Paz: “En un callejón sin salida, la única salida es el callejón”, y el director Darren Aronofsky nos da una atmósfera que corresponde con exactitud a los acontecimientos vividos por el personaje. Es una puesta en imágenes estupenda, con un admirable manejo del lenguaje cinematográfico (entendido este como glosa artística y plástica del relato).
Con el apoyo duro y sentido de actrices secundarias como Marisa Tomei y Evan Rachel Wood, este es cine con criterio, coherente y privilegiador de la autenticidad.