
Desde el estreno de su película Desapareció una noche (2007), los críticos entendimos que Ben Affleck lo hace mejor como director de cine que como actor. Su segunda película, Atracción peligrosa (2010), confirmó esa idea y así se dijo en los comentarios públicos.
Ahora, el estreno de Argo (2012) no deja ninguna duda sobre el tema. Con un Ben Affleck como agente de la CIA, cuyo personaje le resbala por la vestimenta, queda claro lo mal actor que es (no es solo por este filme).
Sin embargo, con la presentación y el desarrollo de la película, con su aguda intensidad narrativa, con el buen manejo de los tiempos del relato, con un cronometraje bien entendido de las distintas secuencias y con las buenas actuaciones de todo el resto del elenco, uno lo entiende: lo que Ben Affleck sabe es dirigir.
Incluso, es buen director de actores, excepto consigo mismo.
Sin agitaciones en el encuadre, Argo es una película que bordea a cada momento el discurso político, sin permitir que el texto ideológico afecte la esencia narrativa del filme. Lo político está ahí, no hay manera de evadirlo, pero la densidad vitamínica del filme está en lo demás.
Así, Argo relata cómo el 4 de noviembre de 1979, mientras la revolución iraní llegaba a su apogeo, sin freno alguno y ante la vista gorda del gobierno revolucionario de Irán, la Embajada de Estados Unidos es asaltada y sus funcionarios en Teherán son tomados como rehenes.
En medio del asalto, seis funcionarios escapan y se refugia en la casa del embajador de Canadá. El gobierno de Estados Unidos busca cómo rescatarlos mientas ambos países se enfrascan en una caliente guerra verbal. Un agente de la CIA, llamado Tony Méndez, (Ben Affleck) urde un plan para sacarlos. Se trata de hacer creer a los iraníes que se va a filmar una película en Teherán por parte de Canadá.
Así se sacará a los estadounidenses como si fueran técnicos de cine. Mientras se prepara el plan, la película muestra uñas filosas para burlarse de Washington, de Hollywood y de la prensa como caja de resonancia de las grandes mentiras que se aparejan ahí. Hay abundante ironía.
Antes, el filme es sincero: Estados Unidos e Inglaterra son culpables de lo que sucede en Irán, al derrocar a su gobernante nacionalista (nacionalizó el petróleo) y poner en su lugar al Sha de Irán, tipo cruel, déspota e inescrupuloso. Ello genera una Revolución. El Sha cae y Washington le da amparo. Las reacciones contra el gobierno estadounidense son inmediatas.
También la cinta exhibe el fanatismo iraní con su revolución de acentos religiosos y su intransigencia desde la victoria conseguida. En ese marco bien planteado y mostrado como atmósfera, el rescate le da emoción a la trama, con un clímax vehemente llevado a puro y puntual montaje paralelo, con tres o cuatro acciones distintas que confluyen en el aeropuerto de Teherán.
Lástima el final con innecesario melodrama. Es la necesidad comercial de Hollywood con su público mayoritario: el de su país. Le cae a uno como balde de agua fría, pero no impide decirles que Argo es más que buena película y que debemos verla.