Dos funerarias se pelean el beneficio de los entierros en un pueblo pequeño de Gales. Una es la de Boris Plotz (excelente actuación de Alfred Molina), vecino del lugar. La otra es de un gringo excéntrico que llegó al pueblo a revolucionar las pompas fúnebres. Se trata de Frank Featherbed (actuación irónica de Christopher Walken). Por aquí corre el humor, como juego funerario, en la película inglesa Bailando en el cementerio (2003).
El largometraje es dirigido por Nick Hurran, quien se dedica a darle un tono pícaro al relato. El negocio de las funerarias está claro: el muerto al hoyo y el vivo al bollo, y el vivo es el dueño de la compañía mortuoria. Lo increíble es que en ese lío, haya también una historia de amor.
Esta se debe a una mujer casada, con años de belleza, llamada Betty, quien vive un amor secreto con alguien. Solo que los secretos cuando son de dos, no son de Dios, y por algún lado revientan, sobre todo si alguien "patea el balde". Corregimos: sobre todo si alguien muere, como le sucede a la suegra de Betty.
Betty está encarnada por la actriz Brenda Blethym, quien nos hizo gozar montones en aquella otra película titulada El jardín de la alegría (Saving Grace, 2000), donde una viuda desamparada sembraba mariguana en su casa. Ahora, esta excelente actriz no se queda atrás para darnos un personaje entre la inocencia y el alborozo.
Ustedes verán que el esposo de Betty es un cínico mujeriego y con él anda una tipeja llamada Meredith, encarnada por la brillante actriz Naomi Watts. Veremos que el humor de la película descansa en la caracterización de personajes, cada cual con su locura, como si esta fuera un tatuaje en la piel.
No son personajes ordinarios, por eso nos resulta divertida la cinta y su historia muy coherente, aunque igualmente excéntrica, peculiar y atarantada. Tal vez la película no sea tan subversiva como otras tantas comedias inglesas del cine de hoy, pero tampoco es ingenua al retratar ciertos tipos humanos. Cuestión de verla con agudeza.
También sale mal parado eso que se llama mercadeo: el "marketing" llevado al extremo de los funerales. Como es costumbre en las comedias inglesas, otra vez está el recurso de que la felicidad, sobre todo para las mujeres casadas, está fuera del matrimonio, sea con el divorcio o con la infidelidad. Aquí, manejado con estilo gozoso.
Hay humor negro, esto es: cáustico y sulfuroso, aunque le falta más "magia ácida" para llegar a ser perfecta. Definitivamente, es buena decisión sacar el rato para ir a ver esta película a Cinépolis. Será como contar chistes en la vela de un muerto.