Las invasiones bárbaras
Canadá / Francia, 2003, 99 minutos
Guion y Dirección: Denys Arcand.
Música: Pierre Aviat.
Fotografía: Guy Dufaux.
Edición: Isabelle Dedieu.
Intérpretes: Rémy Girard, Stéphane Rousseau, Dorothée Berryman, Louise Portal, Dominique Michel, Yves Jacques, Pierre Curzi, Marie-Josée Croze, Marina Hands.
El año 476 d.C se conoce -oficialmente- como el fin del Imperio Romano, por el resquebrajamiento de su vulnerable unidad territorial, política y cultural, que ya había comenzado años antes con las llamadas “invasiones bárbaras”.
Tomando como base de su título esa misma frase, el polémico cineasta canadiense Denys Arcand – El confort y la indiferencia (1982), Jesús de Montreal (1989), La verdadera naturaleza del amor (1994)- realizó Las invasiones bárbaras (2003), continuación de su polémico aunque muy exitoso El declive del imperio americano (1987).
Recuerdo que hace algunos años, cuando vi El declive …, la asocié de manera inmediata a las novelas de Milan Kundera (en algún momento de esta película, una de las protagonistas dice tener una entrevista con este escritor) por la forma algo manipulada, aunque siempre seductora, en que esas obras asumen ciertas reflexiones trascendentalistas y pretenciosas acerca de la historia, la sociedad contemporánea o la vida…
En Las invasiones bárbaras, Arcand vuelve a juntar a todos los personajes cínicos, escépticos aunque muy agradables de su anterior película, a propósito de un hecho límite: la enfermedad terminal que padece Rémy, uno de los protagonistas más escandalosos de El declive…
Así, tanto la enfermedad de este hombre, como la venida de su hijo, de su exmujer y de sus amigos, es el pretexto ideal para que este realizador y guionista exponga las reflexiones más disímiles, que van desde la crítica acérrima a la burocracia y a la corrupción estatales y sindicales de Canadá (¡y creíamos que era un país “perfecto”!), hasta el poder aplastante del dinero, las drogas o la ineficiencia policial.
Todo este compendio de decadencias, le sirven a Arcand para “demostrar” sus tesis acerca del derrumbe indeclinable de una civilización (la occidental), que está siendo poco a poco corroída desde dentro y atacada desde fuera.
Y, por supuesto, el símbolo mayor de esas “invasiones bárbaras” es el ataque del 11 de setiembre a las Torres Gemelas: paradigma del comienzo del fin. Pero igualmente, con ambiguo tufillo xenófobo, Arcand hace referencia a la migración como otro de los elementos fundamentales de esas “invasiones bárbaras”.
Para ampliar sus puntos de vista, junto a los personajes del filme precedente, Arcand pone esta vez en escena a distintos jóvenes como signos de un cambio generacional pragmático o autodestructivo (desde el exitoso corredor de bienes raíces y la dealer , hasta la heroínomana compulsiva), muy alejados de las reflexiones ampulosas de sus padres.
Con una conformación simple aunque efectiva de los personajes, unos comentarios y diálogos a veces ingeniosos (aunque no tan interesantes como en El declive… ), un ritmo narrativo sosegado, una sutil música que incorpora desde Mozart y Handel hasta Philip Glass, así como una fotografía intimista o panorámica muy similares a la de su anterior película, Las invasiones bárbaras es cinematográfica y argumentalmente consecuente con la decadencia que pregona.
Todo ello se denota, sobre todo en un comentario significativo de Rémy, quien en algún momento del filme dice que su generación, que ha pasado desde los sesenta por todos los ismos posibles -del marxismo y el maoísmo, hasta el existencialismo y el posestructuralismo- al único ismo que realmente siguen afiliados, irrevocablemente, es al cretinismo: una constatación más que cierta para todos aquellos (seudo) intelectuales de clase media que, hablando siempre y adquiriendo conocimientos toda la vida, pensamos que podemos cambiar el mundo.