El callejón de los milagros. Dirección: Jorge Fons. Guión: Vicente Leñero. Fotografía: Carlos Marcovich. Música: Lucía Alvarez. Con Ernesto Gómez Cruz, María Rojo, Salma Hayek, Bruno Bichir, Delia Casanova. México, 1995. Estreno.
El callejón de los milagros es un mosaico de tres relatos que fijan el mismo espacio (una barriada del centro histórico de México) y tiempo (la tarde de un domingo). Los tres cuentan, además, con los mismos personajes protagónicos: Rutilio, Alma y Susanita. Un cuarto episodio (dos años después) articula el trípico y cierra la historia.
La película crea un tinglado de vidas paralelas, siguiendo el itinerario trazado por el egipcio Naguib Mahfouz --Nobel de Literatura 1988--, urdidor de la abismal novela mientras fumaba el narguile en una mesa de café de El Cairo, y traducido ahora al código de la desgracia latinoamericana y de la compasión por todos los corazones rotos.
Un elemento común de las tres anécdotas es la proximidad del amor y la muerte sicológica, una proximidad solo accesible a la conciencia de las mujeres: Eusebia "muere" cuando conoce la odisea homosexual de Rutilio; Alma, cuando se entrega a un rufián; Susanita, cuando el marido traiciona su fe.
Hablo de la muerte síquica; y digo que tamaño deceso resulta muy lógico porque el amor, en su núcleo existencial, es impulso de trascendencia. Cortado el impulso, Eusebia, Alma y Susanita vagarán por una sobrevida hecha de resignación y con gusto a ceniza.
Desde luego, mi lectura no es la única practicable y quizá no sea la lectura oficial de Jorge Fons ni de Vicente Leñero; pero me parece que, a partir de ella, la marca fatalista de la película adquiere un significado deslumbrante.
El callejón implica, por otro lado, la vuelta del cine azteca a sus raíces; al viejo folletín cotidiano de poetas y gamberros, idealistas y aprovechados, a quienes ronda la tragedia. Es que el destino, inexorable, suele trabajar allí de manera inadvertida (incluso, trabaja mejor dentro de cierta picaresca urbana y naturalista). Buenas actuaciones, diálogos firmes y una gran claridad narrativa hacen que el espectador se "meta" en el cuento y viva la paradoja de milagros al revés que el impuro callejón anima cada día.