Las estafadoras(Heartbreakers). Dirección: David Mirkin. Guión: Paul Guay y Stephen Mazur. Fotografía: Dean Semler. Música: John Debney y Danny Elfman. Con Sigourney Weaver, Jennifer Love Hewitt, Ray Liotta, Jason Lee, Gene Hackman, Ann Bancroft, Jeffrey Jones.Estadounidense, 2001. Estreno.
No conozco, acerca de timadores, un estudio sicológico o sociológico que haya obtenido gran éxito fuera de los claustros. En cambio, sobre los jugadores, sus primos hermanos, existe un diagnóstico largo y confiable.
Si cotejamos a unos y otros, creo yo, podría salir un poco de claridad al respecto. Ambos, quienes apuestan y quienes estafan, pretenden ser más listos que el prójimo, ganar patente de corso número uno en la batalla por la vida.
Pero los últimos y esto resulta básico y diferencial juzgan al resto de los mortales con su misma vara. Es más fuerte que ellos. Sospechan que cualquier semejante es un igual, un cultor de fraudes, delitos y pecados.
El cine ha escogido, a lo largo de su exploración cómica, al tipo de tramposo simpático. Recordemos a Marlon Brando y David Niven ( Bedtime Story , 1964) y a Steve Martin y Michael Caine ( Dos pícaros sinvergüenzas , 1988), artífices del subgénero.
Las estafadoras cuenta el mismo cuento, solo que actuado por mujeres, reinas aquí del embuste. Sigourney Weaver, inactiva durante mucho tiempo, amplía de vuelta a la pantalla su vasta gama de recursos escénicos y de poder mimético, factores que gravitan positivamente alrededor de Hewitt, Liotta y Hackman.
Así el filme, de inicio desangelado, cobra fuerza reidera y satisface las ecuaciones del caso, a medida que nuevos inventos y ocurrencias hacen disfrutable el rato.
De acuerdo con las escrituras clásicas, debe haber moraleja. El burlador caerá burlado; o el enamorador, enamorado. Pero, antes de que uno arribe a dicho reconocimiento, la epidemia de nombres auténticos y falsos (tres identidades de Weaver, cuatro de Hewitt, dos de Liotta, dos de Anne Bancroft) invade la trama.
Emir Kusturica, el afamado director bosnio, dijo que lo más parecido a un cineasta es un mediocampista, aquel ser que intuye adonde enviar la bola.
David Mirkin, no cabe duda, sigue el consejo y da vía libre al curso instintivo de la acción. Pálpito que arroja buenos dividendos y el cosquilleo festivo, recurrente, de cada fiel espectador en su butaca.