
Grata sorpresa: esta vez, las expectativas se convirtieron en buena opinión. La verdad, nunca nos imaginamos que la película La Bestia (2005) nos iba a entusiasmar al valorarle su estética y el contenido de la propuesta.
Este largometraje es dirigido por Louis Leterrier (París, 1973), quien estudió cine en Nueva York. Es su segunda película, luego de Transporter (2002), a la vez que ejerció de asistente de Luc Besson en el filme Juana de Arco. Precisamente, esta cinta que ahora comentamos, La Bestia, le fue cedida por su colega francés, quien escribió el guion.
El filme narra la historia de un hombre raptado desde niño y a quien le condicionan una conducta asesina, peor que la de un perro exterminador, y es tratado como tal, incluso con un collar que lo simboliza. No estamos ante un hombre, aunque su figura así lo describa, sino ante un animal que no conoce la compasión: solo sabe matar. Es una lástima que el filme no profundice más con dicho personaje, quien no deja de ser un símil de la conducta social contemporánea; sin embargo, hasta donde es llevado el análisis hay razones para inquietarnos y estrujarnos como personas.
La pregunta le arde a uno bien pronto: ¿hay redención para un sujeto así?, ¿tiene alguna posibilidad de humanización? Es aquí cuando se nos muestra el punto de giro más interesante que podría darse en la narración, para mostrarnos las contradicciones del hombre llevado a comportarse como bestia. ¿Dónde, amigos, dónde está la posibilidad del regreso a la naturaleza humana?
Mientras el filme reflexiona poco a poco, entre el discurrir emocional e intelectual, en ningún momento rehúye los registros del cine de entretenimiento y, dentro de las artes marciales, ofrece agitadas secuencias de peleas, donde se luce el actor Jet Li, no solo como maestro de las artes marciales, sino también en los momentos de desdoblada y aguda exigencia actoral, con el papel de Danny, el hombre convertido en perro de traba. ¡Muy bien por Jet Li!
Por supuesto que la trama gana montones cuando aparece el personaje de Sam, por dos razones: por los rasgos líricos que asume un filme duro y por la notable actuación de Morgan Freeman como ese Sam, afinador de pianos y ciego. Incluso, algo más, este actor con su personaje (o al revés, si quieren) es oasis ante los continuos movimientos de cámara propios de este tipo de cine, cámaras lentas, montaje acelerado (muy bueno por cierto, con sabio manejo de la elipsis) y peleas en coreografías.
En fin, estamos ante un buen filme, recomendable, que sin ignorar la imaginación visual de las cintas de artes marciales, indaga sobre la naturaleza humana, el determinismo, la libertad, el sometimiento, la violencia y la alegría del arte (¡ya verán qué bien maneja este aspecto!). Lo hace con buenas actuaciones y con los nudos dramáticos apenas necesarios.