
En serio: ¡qué mal anda el cine que nos llega!, sobre todo así como estamos: ligados de manera umbilical y monopólica al cine de Hollywood, para goce económico de la gran industria y para pérdida nuestra ante el sétimo arte que sí existe en otras y distintas cinematografías.
Es el colmo que ahora una película, en Estados Unidos, se haga a partir de una muy comercial campaña por la red, o sea, que los visitantes de Internet pongan la pauta de cómo debe ser la trama de un filme. Así, la cinta Serpientes a bordo (2006) se convirtió en fenómeno online , aunque luego resultó un fiasco en las boleterías.
Ni siquiera aquellos que metieron la pata en esta película, por Internet, fueron a verla, por lo que este largometraje no pasa de ser un chasqueado experimento interactivo de mercadeo: el cine por demanda online its’alive, ¡fracaso!
La trama es la de un criminal que, para liquidar a un importante testigo en su contra, inunda un avión de culebras de las más peligrosas del mundo. Las serpientes hacen estragos en el avión, mientras el testigo del fiscal va bien protegido por el detective Neville Flynn (Samuel L. Jackson).
La emoción está en lo que, secuencia a secuencia, vamos viendo (¡se supone!).
Sin embargo, el filme vuela tan vacío de suspenso, que más bien nos resulta risible, porque podemos burlarnos de él fácilmente. Si aquí no lo hacemos es por aquello de no hacer leña del árbol caído. Lo cierto es que, si acaso, esta película asustará a alguien un par de veces. Es más horripilante una cucaracha o una araña pica-caballo de esas que venden en las calles de San José, fabricadas de hule.
Cuando la cinta Serpientes a bordo (dirigida por David R. Ellis) entiende y juzga su propia debilidad con el suspenso, busca la comedia con risas racionadas. Este es su humor: una culebra que muerde y succiona el pecho de una bella mujer pasajera y otra víbora que se guinda del pene de un pasajero mientras este orina.
También está aquella serpiente profusa en medio de una pareja joven que hace el amor en el baño, también el ofidio metido por el cuerpo de una pasajera ebria para el deleite sensual de esta y la boa que se traga al perrito mientras ladra y ladra. ¡Qué humor más cajonero! Es más vacilón el sonido de una culebra cascabel.
A veces, la película busca el drama, pero encuentra el ridículo por culpa de su facilismo emocional. Solo nos queda salvar la actuación de Julianna Margulies, actriz que sí le da consistencia a su personaje de azafata, porque las actuaciones son bien flojas, hasta las de las sierpes hechas de goma o por computadora.
Esta película lo único que hace es reptar sobre sí misma, sin nada de nada. Vean si está así de mala, que es preferible recomendarles una vuelta por el zoológico josefino Simón Bolívar. ¡De verdad!