Batman y Robin. Dirección: Joel Schumacher. Guión: Akiva Goldsman. Fotografía: Stephen Goldblatt. Música: Elliot Goldenthal. Con George Clooney, Chris O'Donnell, Arnoldo Schwarzenegger, Uma Thurman, Alicia Silverstone, Michael Gough. Estadounidense, 1997. Estreno
Batman y Robin me trae a la memoria una película que mi corazón cinéfilo quisiera evitar: Máxima velocidad, aquella superproducción que lideraba Keanu Reeves y que yo califiqué desde esta columna como el gran paradigma de la vuelta del cine al cinematógrafo. Aquel engendro, cierto, se dedicaba a fotografiar varios episodios con fines puramente espectaculares (una verdadera regresión a la época anterior a Griffith), y los unía de modo arbitrario, renunciando a lo que es el lenguaje del cine. No había ni relato ni sintaxis narrativa, ¿para qué?
La fórmula se repite hoy (con mayor estruendo, si cabe) en la cinta de Joel Schumacher; y no vale cantar sorpresa: la publicidad y los reportes previos ya nos avisaban de que estaríamos frente a esa borrachera llamada espectáculo total.
Visión cartoonística de los hechos, Batman y Robin apuesta a favor de las corolas gigantes, los monstruos indecibles, un fusil congelador, la colisión cada tres minutos, las persecuciones, el karate, la explosión, las lenguas de fuego, el estrépito de cristales astillados, ¿me siguen?, la ferretería completa del sobresalto y los efectos especiales, más los efluvios de Hiedra Venenosa que circunvalan las cabezas enemigas con su halo humeante. Este activismo loco y el ritmo frenético de la acción no logran ocultar, sin embargo, el candoroso disparate que invade la pantalla, su alegre y confiado automatismo. No hay narración, qué va, solo una cámara atolondrada que corre de un escenario de lucha a otro y otro y otro...
La actuación (mejor dicho, la sobreactuación) se halla por debajo del estándar mínimo. No existe aguarrás que diluya, por ejemplo, la mediocridad de George Clooney o la impericia de Alicia Silverstone. Los únicos que salvan la ropa son Uma Thurman, quien reedita los estragos de la pimpante Cruella (Glenn Close) de 101 dálmatas y el bueno de Michael Gough, cuyo innato decoro rescata a su nobilísimo Alfred del naufragio.
Este es el cuarto filme consecutivo de Batman, verdadero cuarto menguante de una saga antaño gloriosa que marcha, ahora, hacia su cruda extinción, a no ser que Hollywood cambie de envase para bien de nuestro querido y gótico murciélago y de todos los entes que aquí abajo no somos demasiado malos.