EL CID: LA LEYENDA
España, 2003.
Dirección y guion: José Pozo.
Música: Óscar Araujo.
Montaje: Félix Bueno
Duración: 82 minutos.
Sorpresa más que grata ha sido ver El Cid: La leyenda (2003), película española de dibujos animados y algo de computadora, que no tiene nada que envidiarle a las millonarias producciones de los grandes estudios de Hollywood.
Este filme ibérico muestra una lograda depuración de los dibujos, un original concepto de las figuras humanas, una excelente textura de los fondos, un oportuno manejo del color y una sobresaliente conducción del movimiento de las figuras, sean humanas o no. Lo hace con un relato nada fácil de narrar ni de poner en imágenes: la leyenda tejida sobre la figura histórica de Ruy (Rodrigo) Díaz del Vivar.
Nacido probablemente entre los años 1030 y 1034, por tierras de Burgos, Ruy murió (tal vez) en el año 1099. Se le conoció más por el título de Cid, que significa caudillo en lengua árabe; es un tratamiento de respeto que, en esa época, se acompañaba y se le decía Mio Cid.
El personaje se destacó en la guerra contra los moros de parte de los cristianos. Sus hazañas fueron repetidas por juglares, con poemas luego llevados a la escritura en el Poema del Mio Cid , publicado en 1779, y que también fueron prosificados en la llamada Crónica de Veinte Reyes de Castilla .
La figura del Cid fue llevada al cine por el director Anthony Mann, en 1961, con las actuaciones de Charlton Heston y de Sophia Loren. Ahora, en esta versión hispana y animada que recomendamos, el relato se centra en los acontecimientos que condujeron a Rodrigo al exilio y en la descripción del romance entre el héroe y Gimena. Así, el tema del honor se vincula al del amor.
Al igual que la epopeya literaria, el filme mantiene su unidad alrededor de la figura del héroe, y lo hace muy bien, con dinamismo: lo estático se subordina a la acción. Muy a tono con los nuevos tiempos, la figura de Gimena está lejos de la pasividad y obediencia de las mujeres de entonces; de pronto, tiene la fuerza de algunos de los angelitos de Charlie, esos que vemos por tele o en cine.
También hay ausencia del elemento religioso de la época: sin maniqueísmo alguno, hay personajes nocivos y débiles entre los cristianos como entre los moros, y los hay buenos por igual en ambas partes, sin perderse nunca el heroísmo caballeresco del Cid ante su contrario, el temible Ben Yussuff.
Vemos un buen manejo de los puntalitos humorosos con las figuras antropomorfas del caballo de Rodrigo, Babieca, y de un tejón que aparece por ahí, quien semeja la glosa épica de un niño hiperactivo. En fin, el cine español ha logrado una película familiar que recomendamos y que recordaremos como referencia de los dibujos animados fuera de Hollywood.