
Quienes crean que las actuaciones no son importantes en cualquier dramaturgia (en cine o en teatro) vayan a ver la película Asalto al camión blindado (2009), dirigida por el realizador Nimrod Antal. De primera entrada, aceptemos que es una cinta bien lograda en la sala de montaje, de buen ritmo y entretenida, pero nada más.
Las actuaciones son tan malas, tanto, que uno no puede tragarse como real nada de la trama: los actores la falsean, la tornan ridícula, sin vida y hay una pérdida absoluta de verosimilitud a lo interno del propio relato. Por culpa de las malas actuaciones y de la pésima dirección de histriones, el filme tiene menos aplomo que un cocodrilo sin colmillos.
Se trata de la enésima historia de asaltos a camiones con alguna carga valiosa. Aquí es un robo de facilidad pueril, pero que se complica de la manera más tonta imaginable, como tocar un concierto de piano quitándole las teclas al piano. Así es, a la trama le anulan su mejor suspenso y queda sin incógnitas, o sea, en la pura factura de las escenas de acción.
Si el filme entretiene es porque –lo dijimos antes– el trabajo en la sala de montaje logra darle un buen cálculo de tiempos y una corta duración que se le agradece a montones (84 minutos). Uno no aguantaría más, saben, es que Asalto al camión blindado tiene el afán reiterativo de los caballitos de un tiovivo: el mismo subibaja, la misma vuelta, la misma gestualidad y el mismo colorido.
En este largometraje lo único que cambia es el espectador que va a cada función, según la sala de cine. Cada secuencia del filme es una copia al carbón de la anterior, como si fuera el “copiar y pegar” de la era digital. Si usted sale al baño, al regresar tal vez piense que devolvieron el rollo a un punto anterior cualquiera.
Lo peor son esas malas actuaciones, hay que insistir, para desahogarse uno. Todos los actores poniendo caras falsas de malos, como si fueran los porteros o celadores en las entradas al infierno. El peor es Columbus Short, ¡y tiene el personaje del atribulado héroe principal! (nadie se lo cree), su trabajo tiene la pujanza de la risilla de un ratoncito recién nacido. Peor no lo pudo haber hecho.
Da pena ver a actores de la talla de Matt Dillon, Jean Reno y Laurence Fishburne, quienes pasan toda la “peli” como quienes no se aguantan un mal olor de sobacos, cada uno con la cara de un entrenador de futbol cuyo equipo lo vayan goleando en una final. El resto es acción convencional.
Debemos salvar el esfuerzo del director Antal por mantener el valor del encuadre y del plano en medio de lo vertiginoso de la acción; hay momentos en que uno disfruta ver que sí lo logra en medio de los bombazos del caso. Tiene pulso y satisface, pero al final uno siente la frase aquella de “mucho ruido y pocas nueces”.