
El terror es un género muy seguro por sí solo ante la taquilla. Con las películas de terror no hay miedo a la calificación que les dé la crítica: la gente siempre va a verlas.
En todo caso, esta vez aceptamos que lo bueno del filme La llave maestra (2005), dirigido por el inglés Iain Softley, es que no es tan malo como tantos otros largometrajes de terror que, últimamente, se hacen para un público meta: los adolescentes y los jóvenes incipientes como tales.
El británico Iain Softley, procedente del teatro, tiene filmes aceptables a su haber, como Backbeat (1994), Hackers (1995), Las alas de la paloma (1997) y K-Pax (2001).
Esta vez, en La llave maestra, cuenta con un buen elenco, donde Kate Hudson supera el molde de chica linda para meterse a dramatizar su personaje, con Gena Rowlands como respaldo, quien logra darle un toque extraño a su personaje, lo que resulta bueno para la trama.
También está la presencia del gran actor John Hurt, quien pasa casi toda la película acostado o sentado, en situación de parálisis emocional y con muy pocos diálogos, pero logra transmitir bien las emociones de su personaje, cercanas al terror psicológico. Con esos actores tenemos una situación compleja de horror, donde los personajes cargan tensiones en un ambiente de rituales tenebrosos o extraños que llevan al miedo por lo desconocido, a partir de la superstición.
La trama se desarrolla en esa atmósfera vudista (de vudú) y hudista (de hudú), creencias ancestrales donde se mezclan la ingenuidad, la religión y la brujería.
Es una especie de umbral entre pantanos cerca de Nueva Orleáns, Estados Unidos, donde las fuerzas del bien y del mal son tangibles, nos llegan a los sentidos y resultan letales. Con seguridad, esa connotación fracasaría sin una música justa o sin una fotografía expresiva.
Esta vez, ambos sazonadores cinematográficos funcionan con buen ajuste, tanto Daniel Mindel con la fotografía como Ed Shearmur con la música. Así hasta llegar al final, angustiante, aunque un tanto manido. En ese peregrinar del argumento no hay sustos efectistas ni sonidos petulantes y manipuladores para acentuar suspensos, como se acostumbra ahora.
Donde falla la película es en mantener el vigor y el rigor en el celo de la trama. Aquí, el temor es un subibaja que juega con la magia negra y con escenas bien logradas, pero repetidas innecesariamente (por ejemplo: la mirada por una cerradura), amén de unas regresiones en el tiempo que más bien resultan ridículas con su mostración visual. En esta película, la tensión alterna con el tedio.
Lo que sí hay son imágenes de Nueva Orleáns que ya no pueden verse, al ser ese lugar arrasado por el huracán Katrina, con la pasividad cómplice del presidente Bush; pero este es otro tipo de terror del que no nos corresponde hablar.