
En los ejércitos hay divisiones de élite: son más buenas para matar, que de esto tratan las guerras, expresiones colectivas de los instintos destructores humanos. Ahora, en cine, llegan las aventuras de tres claques del aire, una chica y dos varones, con el filme Stealth: La amenaza invisible (2005), dirigido por Rob Cohen.
Este director tiene oficio para filmes con altas velocidades, sea con automóviles o con aviones, rápidos y furiosos. Por eso, sus películas ostentan un ritmo atropellado. Esta de hoy no es la excepción. Ahora se trata de un avión con inteligencia artificial, comprado por la Marina de los Estados Unidos, al que apodan Edi. Es un avión "invisible" y no tripulado: los pilotos humanos no estarán en la ecuación de la guerra.
El problema viene cuando su cerebro artificial se expande sin control: ni sus propios creadores lo sospechaban. Ni lo controlan. Es como abrir una caja de males. Queda claro que el ejército de los Estados Unidos monta revuelos cuando otros países hacen armas peligrosas, pero no cuando son propias.
Parece una buena denuncia. También parece serlo al ver los ligámenes oscuros entre ese ejército y la industria privada de armas.
Sin embargo, la pátina "progre" se desmorona cuando el relato del filme escoge a sus enemigos.
Los malos de la película son, entre otros: árabes (terroristas todos, por supuesto), rusos (que esconden sus objetos nucleares en la montaña) y norcoreanos (cuyos rostros reflejan más maldad que los de los vaqueros malditos de las películas de Sergio Leone).
Por supuesto, todos serán vencidos por los tres pilotos gringos. Lo genial es que estos soldados son capaces de volarse un alto edificio en el centro de una ciudad árabe, donde hay una reunión máxima de cabecillas terroristas, sin que haya muertes ni daños colaterales. Ahí no se muere ni el comején del edificio, solo los terroristas. Así de limpios los soldaditos esos.
Como ven, están muy claros los pliegues o entresijos ideológicos de esta película de ritmo frenético, con mucha computadora para los vuelos y peleas, con muy malas actuaciones (¿qué hace ahí un buen actor como Jamie Foxx?), aunque es cinta hecha con cuidado en aspectos técnicos.
Las peliagudas imágenes de choque dinamizan el relato, pero en detrimento del plano, del encuadre y de la composición.
Cansa la sobredosis de movimientos de cámara, al igual que las angulaciones forzadas. Esto ayuda a sentir que la película, aunque tiene secuencias emocionantes, no pasa del estadio de fantochada, a la que hay que aguantarle su baja estofa ideológica, que (es posible) alguien aplaudirá. No este crítico.