El patriota (The Patriot). Dirección: Roland Emmerich. Guión: Robert Rodat. Fotografía: Caleb Deschanel. Música. John Williams. Con Mel Gibson, Heath Ledger, Joely Richardson, Jason Isaacs, Chris Cooper, Lisa Brenner. Estadounidense, 2000. Estreno.
Ahí, en la pantalla, hijos y pueblo de Carolina del Sur se lo ruegan. En la butaca, igual: anhelamos - los espectadores - un paso al frente de Benjamin Martin (Mel Gibson).
El viejo héroe duda. Parece un fantasma de quien batalló (y de manera titánica) en Francia y la India. Viudo, con siete críos, el retirado coronel ve cómo sus vecinos - incluso el hijo mayor - trocan la tosca herramienta y él no hace nada.
Hasta que la maldad de las tropas inglesas (¿dónde quedó el fairplay, ladies and gentlemen?), convencen de su error al indeciso Mel, lo empujan sobre su caballo... ¡y a guerrear se ha dicho!
Mientras esto sucede, la fanfarria de John Williams sigue al bravo jinete y uno deletrea la cuenta regresiva del imperio: son ocho, de trece, las colonias americanas rebeladas contra el rey Jorge.
El episodio había sido tratado en Llamado a las armas(1997), de William G. Wagner, pero El patriotamira por encima del hombro a su precursora. Mirada de rico a un primo pobre: Mel ganó aquí 25 millones, el equipo de producción es el mismo de Salven al soldado Ryan(Spielberg mediante) y Roland Emmerich (Día de la Independencia; Godzilla) apuesta al colosalismo.
De todo, nace un filme entretenido, de narración lineal, guiado por el concepto de eficacia, aunque visualmente demasiado pulcro y "limpiecito" a la hora de trasmitir la turbiedad de la guerra y las pasiones de barro de sus protagonistas.
Si uno compara El patriota y la no muy lejana Corazón valiente, creación de Mel Gibson y Oscar 95, el juicio favorece a la última. Corazón valiente posee lo que le falta a El patriota: carga subjetiva, inmersión en la refriega, suciedad vital.
Aparte de ello, Emmerich cultiva el truco telegrafiado y olvida dirigir a Joely Richardson, la tía Charlotte de la historia.
En fin. Londres le dijo que no al estreno por motivos patrioteros; Gibson llora a solas por haber rechazado el papel de Máximo en El gladiador, su otra opción; y nosotros - ¡oh, coterráneos! - pasamos 165 minutos amenos, distantes, tranquilos, sentados.