Hace veinticinco años Óscar Arias fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz. Un cuarto de siglo ya. Efeméride que se cuenta entre los títulos de gloria de nuestro país. El premio ha sido adjudicado noventa y dos veces entre 1901 y 2011. Noventa y nueve personas y veintitrés organizaciones han sido laureadas con esta distinción. No es una institución perfecta (¿qué obra humana lo es?). Lo primero que se aducirá es que “no están todos los que son, ni son todos los que están”. Efectivamente, hay omisiones que desprestigian el premio: Mahatma Gandhi, Eleanor Roosevelt, Václav Havel y Juan Pablo II debieron, en mi opinión, haberlo ganado.
El primero de ellos (nominado cinco veces y otras tantas postergado) representa, en particular, un gazapo descomunal para el Comité Adjudicador. Otros galardonados son discutibles: Henry Kissinger, Yitzhak Rabin, Shimon Peres, Yaser Arafat, Rigoberta Menchú, y Jimmy Carter han suscitado controversia. ¿Justificada, injustificada? No nos corresponde dirimirlo. El hecho es que la concesión del premio a Óscar Arias no se cuenta entre las decisiones cuestionadas: antes bien, ha gozado de universal reconocimiento.
Óscar Arias asume la presidencia en 1986, el periodo más convulso en la historia de Centroamérica. La caída de la dictadura de Somoza, en 1979, y el ascenso al poder del Frente Sandinista de Liberación Nacional generan fricción política en el área. El intervencionismo ideológico y militar de los Estados Unidos y la Unión Soviética convierte el Istmo en un tablero donde los dos gigantes mueven sus piezas, con esa siniestra circunspección de las guerras frías, que, en realidad, nada tienen de frías, y que consisten en combatir al rival por interpósitamano, usando a otros países a guisa de trebejos.
En Guatemala, la guerra civil ha cobrado más de cien mil vidas. El Salvador es una víctima destrenzada por dos fieras: las Fuerzas Armadas y el Frente Farabundo Martí. Las bombas se oyen a cualquier hora del día, y ya han llegado a banalizarse, a fuer de consuetudinarias. La tensión fronteriza entre Nicaragua y sus países vecinos, Honduras y Costa Rica, no cesa de agudizarse. En suma: Centroamérica es una de las llagas supurantes, uno de los infiernos políticos del planeta. El gobierno anterior no cumplió con su voto de “mantener una posición equidistante de las dos grandes potencias” (frase dicha, ad literam, por el presidente electo de Costa Rica en febrero de 1982). El país iba a ser arrastrado en la vorágine.
Tan pronto asume funciones, Óscar Arias convoca a nueve presidentes latinoamericanos en San José. En este cónclave propone una “Alianza continental en defensa de la democracia y la libertad”. En ella propugna que todos los países centroamericanos gocen de las libertades y garantías de la democracia, que cada nación elija, mediante el sufragio limpio –no las zarzuelas electorales tantas veces escenificadas– el Gobierno más adecuado a las necesidades de su pueblo, y la abolición de las armas como instrumento coercitivo de la voluntad popular.
Costa Rica asume un papel proactivo en la consolidación de la democracia y la paz para los países de la región. Es justamente aquí que comienzan a converger tres nociones: paz, democracia y derechos humanos. Un silogismo clásico: todo régimen democrático debe respaldar la paz; la paz es un derecho humano; de ello se sigue que todo régimen democrático vigilará la observancia estricta de los derechos humanos. Este es, por lo menos, el razonamiento que sustenta tal proyecto de convivencia –porque no de otra cosa se trata–.
La realidad, como sabemos, no siempre ha correspondido a nuestro silogismo.
Plan de paz. En 1987 el presidente Arias diseña un plan de paz destinado a poner fin a la crisis regional. El proyecto cristaliza en los Acuerdos de Esquipulas II, firmados por todos los presidentes centroamericanos el 7 de agosto de 1987. Al año siguiente, don Óscar crea, con el contenido económico del Premio Nobel, la Fundación Arias para la Paz y el Progreso Humano. Tres ejes la articulan: uno de ellos abocado a promover la igualdad de oportunidades para las mujeres en todos los sectores de la sociedad centroamericana; el otro destinado a incentivar las iniciativas filantrópicas en América Latina; y finalmente, el Centro para la Paz y la Reconciliación, que trabaja en pro de la desmilitarización y la resolución de conflictos mediante el diálogo y la negociación. En ningún momento, desde la obtención del Premio Nobel ha cejado don Óscar en la lucha por la paz global. Recientemente lanzó una propuesta para el establecimiento de un Código Internacional de Conducta para la Transferencia de Armas.
Costa Rica es un país que tiene la memoria siempre “de vacaciones”. Olvidamos fácil e ingratamente. Amnésicos por voluntad. Muchos jóvenes no saben lo que era Centroamérica en 1980: una saturnal de la muerte, de la locura, el imperio del homo demens. Es cuestión de justicia histórica elemental reconocer la importancia de la gestión de Óscar Arias en pro de la paz en Centroamérica. Durante su segunda administración, tomó decisiones que generaron una dramática división en el sentir político de los costarricenses. No las impuso: contó con el respaldo de la mayoría de los costarricenses. Eso le valió cantaradas de enemigos políticos. Entre ellos algunas de las mejores mentes del país: para ellos todo mi respeto: el disenso es lo propio de las democracias. Pero también hubo lo de siempre: atorrantes, resentidos, envidiosos y “reciclados”. Después de haberlo demonizado, hoy quieren a toda costa criminalizarlo. ¡Vade retro, Satana!
Yo lo apoyé y sigo haciéndolo. Porque creo en él. Porque es mi amigo. ¿“Amiguismo político”? No veo por qué usar un término tan retorcido, tendencioso y maligno. Sustituyámoslo simplemente por “amistad”. Sí: amistad, que es una razón perfectamente válida para defender a alguien. Pero, eso sí, partamos de una premisa fundamental: por principio, no tengo entre mis amigos a ningún corrupto, a ningún mediocre, a ningún rufián. Así que al llamarlo mi amigo, lo digo todo. “El más intelectual de nuestros políticos, el más político de nuestros intelectuales” –lo llamó alguna vez Roberto Murillo–.
A veinticinco años del Premio Nobel –hecho que merece celebración– los hay quienes quieren desprestigiarlo. Acaso Costa Rica se esté faltando al respeto a sí misma al hacerlo. Es una figura de magnitud universal: eso lo he sentido, palpado por doquier. Salvo en nuestro país, por supuesto, donde ha sido ora querido, ora malquerido –y nada en el medio–. Es lo propio de quien asume posiciones beligerantes y militancias concretas –y que además tiene éxito con ellas–. “Humano, demasiado humano” –hubiera dicho Nietzsche–.