Después de oír tocar a Menuhin a los trece años, Einstein se puso de pie, lloró y dijo: “Ahora sé que hay un dios”. La anécdota es en todo punto representativa del siglo XX: hacía falta que un científico –el científico por antonomasia– lo certificara, para que Dios existiese. Ahora sí: podemos creer: ¡cuánta bienaventuranza! Einstein lo autorizó, por lo tanto ha de ser cierto. La falacia “de autoridad”. Lo que no le creímos a Teresa de Ávila sí hemos de creérselo a Einstein.
La ciencia: la más reciente forma de la superstición. Y no me refiero a las verdades (“juegos de veridicción”, los llamaría Foucault) que la ciencia enuncia, sino a la forma en que la gente cree en ellas.
Y, sin embargo, no es el científico en Einstein el que creyó. Fue el hombre sensible. Tanto Teresa de Ávila como el autor de la teoría de la relatividad hablan desde el mismo lugar: la epifanía, la revelación.
No “inducen” o “deducen” a Dios: lo saben: eso es todo. De golpe. La razón es lenta, muy lenta: la revelación es instantánea y, por su naturaleza misma, breve. Todo éxtasis lo es. La higiene espiritual a la que se han sometido los grandes ascetas y eremitas no ha tenido por objeto otra cosa que tratar de prolongar estos éxtasis cuanto sea humanamente posible: de “habitar” en ellos. Dificilísimo ejercicio. Más que tocar diez veces seguidas el Tercer Concierto , de Rachmaninoff. El Einstein que creyó fue el niño y el artista, no el señor de las ecuaciones trascendentales. Ese mismo escalofrío, esa misma certeza, esa sublime forma de arrobamiento me la han dado muchas veces la música y la poesía. Pero, por supuesto, yo nunca aprendí a resolver ecuaciones de segundo grado, por lo tanto, ¿a quién puede interesarle lo que yo diga? Estoy epistemológicamente descalificado.
La fe es, primordialmente, una cuestión de sensibilidad, de apertura: aguzar los oídos y escuchar lo que la vida tiene que decirnos. El arte es un magnífico vehículo hacia la fe. Einstein decía: “No me cabe duda de que hay un jardinero, lo que yo quisiera saber es cómo siembra sus flores, cómo lo organiza, con qué leyes le da forma”.
Descartes y Pascal –científicos por excelencia– nunca consideraron la ciencia como una condición de posibilidad de la fe. De hecho, pensaron al revés: es la fe la que valida la ciencia.
Creer ciegamente en la ciencia no es, en lo absoluto, diferente de creer ciegamente en el vudú. Toda ceguera es supersticiosa, toda superstición es ciega.