Gráfica de fin de siglo. Exposición colectiva de grabado costarricense.
Galería Nacional de Arte Contemporáneo (GANAC). Sala Julián Marchena, detrás de la Biblioteca Nacional.
Con grabados de cincuenta artistas costarricenses, la muestra Gráfica de fin de siglo realiza un puntual homenaje a Francisco Amighetti, de quien se exhibe una de sus xilografías de trazo fino y firme, donde la economía de rasgos concurre a lograr una marcada expresión. En esa obra, una ventana se abre al exterior, al tiempo que deja ver la escena que tiene lugar adentro. Más acá y en buena medida bajo su influjo transcurre un panorama de la gráfica costarricense, como si aquella ventana nos permitiera, también, asomarnos al grabado mismo.
Aunque se trata de producciones realizadas en su mayoría en los noventas, la exposición no deja por fuera nombres imprescindibles que han contribuido al desarrollo de la expresión gráfica en Costa Rica. De tal forma, se incluyen pequeñas xilografías de Max Jiménez, Emilia Prieto y Francisco Zúñiga, junto a trabajos recientes de Juan Luis Rodríguez, quien ha sido maestro del grabado en metal, y da nueva cuenta de su excelencia en las miniaturas de la serie Crónica Cabécar .
Del aguafuerte se exponen muy notables realizaciones, como las de Rudy Espinoza, quien desde los setentas logra mantener un filo crítico en sus obras, cercanas a un expresionismo menos formal que temático, por la manera directa y aguda en que aborda asuntos punzantes. También las de Ana Griselda Hine, con un hacer minucioso y de admirable riqueza visual, a través de efectos casi pictóricos por el manejo de los claroscuros y la profundidad de planos. Asimismo, destacan Carlos Barboza, de interesante diseño y gradación cromática, junto a José Alejandro Herrera, al que un tema como el Turno le permite una gran profusión de detalles.
La xilografía tal vez la más visitada entre los artistas nacionales cuenta aquí con importantes producciones. Por un lado se encuentra el tratamiento expresionista que Hernán Arévalo orienta en diagonales y ángulos pronunciados; mientras, Eduardo Brenes lo hace en líneas ondulantes y contrastes cromáticos. Por su parte, Adrián Arguedas, con estimable elaboración conceptual propone una Escena de la razón que se apropia de imágenes de la historia del arte. En el grabado en madera también destacan Carolina Córdoba y Sila Chanto, quien es acaso la única que se distancia de la serialidad, para usar la estampa en una obra única.
Así, a partir de su diversidad, Gráfica de fin de siglo permite una mirada al grabado costarricense en algunos de sus mejores exponentes. No obstante, si con apenas una pieza por autor resulta difícil apreciar justamente las propuestas personales, la muestra posibilita visualizar, al menos, un conjunto bastante amplio y heterogéneo. Y ello quizás constituya lo mejor de una exposición panorámica: registrar autores y, de algún modo, historiar un proceso. Sin embargo, pienso que una curaduría más rigurosa y menos inclusiva, habría posibilitado una mayor calidad de la exposición.
Al final, resulta sorprendente que una muestra que parta de los noventas incluya casi toda la historia del grabado costarricense, en una convivencia relativamente armónica de varias generaciones. En ese curso no parecieran haber rupturas marcadas y mucho menos abiertas o escandalosas, sino más bien un aprendizaje compartido y ciertas continuidades, lo cual daría cuenta de un proceso colectivo aparentemente armonioso. Sin embargo, me pregunto si no es necesario al devenir de cualquier práctica artística, marcar rupturas generacionales y distancias frente a los maestros, aun cuando los sigamos reconociendo como tales.