El de Abracadabra es un conjuro infinito. Ellos no quieren morir y quienes peinan cuarenta (y más y menos) se resisten a su exterminio.
La magia de Costa Rica terminó a mediados de la década de 1970, con aquel cuarteto de argentinos. El grupo no siguió para ningún lado. Uno de ellos, Orlando Bertarini, se sembró para siempre junto a los pinos de las montañas de Heredia. Después regresó Víctor Daniel Kapusta. Formaron un dúo. Los otros dos fueron sustituidos por una batería programable y un sintetizador. Empezaron a cantar las mismas canciones; hicieron un par de intentos por grabar temas nuevos, pero el público quería del mismo caldo con idéntica receta. Entonces tocaban aquí y allá. Hace poco, el dúo se inmoló y, más tarde: ¡otra vez! La misma gente, las mismas canciones, los mismos recuerdos, pero no las mismas edades. Es que los años no pasan: se quedan pegados.
Preguntas
¿Por qué este embrujo? ¿Por qué ese perenne encantamiento?
En el disco de éxitos de Abracadabra, editado hace unos días por BMG, hay 20 respuestas, aunque faltaron algunas como Una mujer, Quisiera ser, Tarde de domingo en Buenos Aires o Te lo pago con mi muerte; probablemente esta última es la que se justifica, pues la palabra muerte está prohibida en el diccionario de los cuarentones que sin miedo al ridículo (como diría el escritor Víctor Hurtado) levantan el pañuelillo para corear "Chau, cariño, chau. Sólo pido que el mar te devuelva otra vez, porque aquí yo estaré para verte llegar".
Era 1976 y alrededores. Señoras, señores, señoritos y señoritas que hoy peinan tintes, pelucas o cráneos brillantes, acudían al encuentro en el gimnasio del Colegio de Sión o en el de La Salle. Los provincianos los veían por canal 7 o sintonizaban al mediodía el espacio radiofónico Cuatro, cinco y seis (Abracadabra, Vía Libre y Mocedades).
En aquel San José las cosas no eran tan complicadas. Había menos droga y no existía el pudor para cantar al unísono A la huella, huellita. Los argentinos (Orlando Bertarini, Manuel Droblas, y los hermanos Miguel y Víctor Kapusta) también se metieron con lo que llamaban jingles (canciones para anuncios) y todos creían que Leonisa, Firestone, El Ibis, Jacks, Gallito, Cariari y Toyota eran historias de amor verdadero.
Entonces se iba a bailar a las discoteques como Cero Cero (algunos le decían doble cero), Casablanca, Aquarius, Barroco, La Troja y Zeus . Los nacionales también tenían poder de convocatoria: Vía Libre, Stop, Amigos y Paco Navarrete. Del sur llegaban algunos éxitos de Los Iracundos, Pomada, Banana, Industria Nacional, Sandro, Donald, Leonardo Favio, y Piero con Mi viejo.
Otros tiempos
Eran los 70. En la televisión reinaban Kung Fu, Hawai 5-0, La casa de la pradera y, para los más pequeños, procedentes de Japón, Heidi y Mazinger.
La tele estaba llena de detectives; los había gordos como Cannon, inválidos como Ironside, audaces como Mannix, juanvainas como McCloud, y pelones acaramelados (por las chupa chups) como Kojak. La cosa cambió después. Las mujeres comenzaban a meterse en todo y, como caídos del cielo, aparecieron Los ángeles de Charlie y Starsky y Hutch, quienes privilegiaron más el look que la solidez de sus intrigas.
Estos 20 años que han cambiado el mundo y que, desde luego, nos han cambiado a todos, demuestran que la historia avanza dando no pocos tumbos. Estos años sin y con Abracadabra confirman que somos unos nostálgicos y que la magia de sus canciones nos conecta automáticamente con aquellos mejores años.
El conjuro también llegó a los jóvenes de 1998 -los que hoy tienen 20 años- pues también ellos disfrutan de la música de sus tatas.
Sí, son 20 años que nos cambiaron a todos. El mundo hoy va más de prisa y tenemos que andar corriendo detrás de la realidad. Ahora hay muchas cosas mejores que las que había entonces, y no sólo en el sentido material: se respetan más los derechos de las mujeres y los niños; se defiende mejor a las minorías; se denuncia el racismo; se predica la tolerancia y se ejercen los derechos ciudadanos. La juventud de ahora es mejor que la que nosotros vivimos y tiene un futuro más promisorio.
En el 76 vimos Tiburón, en el Capri, en el Variedades o en el Rex. En 1977 se inició la saga de Rocky, y, en el 78, Emmanuelle. Ese mismo año, los Bee Gees abrazaron la música disco: los hermanos Gibb lograron convertir el sonido de las discotecas en un fenómeno sociológico mundial, y con pantalón campana se bailaba aquella interminable Fiebre del sábado por la noche.
En 1976, Microsoft, fundada pocos meses antes por Bill Gates y Paul Allen, entró en plena actividad en Alburquerque. También hace 20 años se incorpora al lenguaje futurista el modem. Transforma las señales digitales de la computadora en otras analógicas capaces de viajar por la línea telefónica. En 1977, Steve Jobs y Sthephen Wozniak crearon el computador personal Apple II en un garaje de las afueras de San Francisco.
Entonces, la oferta de la televisión nacional era más limitada, y la internacional... no había.
Definitivamente, no corren malos tiempos para los embalsamadores de ídolos. Tocado de muerte el disco de vinil (o nuestro enmohecido long play), Beatles, Rolling Stones y Abracadabra siguen gozando de buena salud en discos compactos. Nuevos micrófonos para viejas canciones de siempre.
Los gurús de la música y de la moda juvenil -la mayoría con 40 años cumplidos- se empeñan en demostrar que apenas ha cambiado nada. Cada tribu con su música, su indumentaria y su forma de vestirse.
¿Fin de la magia?
No; que siga Abracadabra para que este embrujo y estos recuerdos cuarentones se renueven por siempre.