Paralelo a otras tendencias arquitectónicas de principio del siglo XX, se desarrolló un movimiento filosófico y constructivo que buscaba una nueva forma de arquitectura que pudiese suplir las necesidades de la sociedad industrial Europea y Norteamericana.
El Movimiento Moderno, llamado también Racionalismo o Estilo Internacional, tuvo su origen a partir de la década de 1920-30 en Europa. Su fin era el de dar una respuesta racional a los sucesos externos de las sociedades actuales y futuras. En este sentido, el Racionalismo debía de servir para crear escenarios futuros, como si fuesen profecías, que fueran acordes con el desarrollo social y tecnológico de cada tiempo presente o futuro.
Los cambios y avances tecnológicos, como el de la fácil transportación, la invención de nuevas herramientas, máquinas voladoras, carros con motores, el psiconálisis, el film; todo ello creaba un gusto por la vida activa, llena de cambios que no podían regirse ya por los antiguos parámetros del uso del espacio o las construcciones arquitectónicas. Había entonces que inventar otra forma de vivir, más flexible al cambio, más veloz, más anónima, quizás más congruente a los nuevos tiempos.
Así, la idea de este movimiento permanente creó una total independencia de todo parámetro cultural y geográfico. La tradición se entendía no como la reinterpretación de las antiguas formas arquitectónicas, sino más bien como un modo de entender todos los elementos en su significado esencial.
Por otro lado, la arquitectura también se concebía como el contrapunto de la naturaleza; razón por la cual, la única posibilidad de rendirle tributo a esa naturaleza era oponiéndose a ella. De esa forma, la obra arquitectónica se descontextualiza de su entorno y su valor como obra radica en su propia esencia y en su concepto interpretativo.
Así, la personalidad individual del arquitecto no interesa, más sí el de la obra arquitectónica, que debe de comunicar su propia alma.
Valores ideológicos
Dentro de los valores ideológicos de este movimiento se encuentran los siguientes:
1- La arquitectura debía ser concebida como volumen y no como una masa. En este sentido, las formas geométricas primarias se simplifican al máximo (cubo, cilindro, pirámide y prisma), y han recibido un sentido preciso a través de la historia.
El arquitecto tenderá a combinar todos los componentes en cada obra según las leyes lógicas del orden, partiendo de los fragmentos encontrados y reinterpretados. Con ello se crea una nueva unidad que reduce o amplia las alternativas formales y donde el juego de las luces y sombras actúan como catalizadores de sensaciones que van más allá de la simple organización de las elementos constructivos.
2- La simetría en las fachadas ya no es el elemento más importante para la claridad y estética de proyecto, sino el orden de los elementos.
3- Se rechaza todo tipo de decoración inmotivada en la obra. En este sentido, el concepto de la forma y el espacio no se entienden como algo accesorio u ornamental ligado al gusto o al estilo; sino que proviene del carácter particular del edificio, el cual deberá tener una estructura valida en el tiempo.
4- La función: oscila entre una mayor adaptabilidad de funciones indeterminadas, creando con ello una relatividad en cuanto al uso, la forma y el contexto.
5- Existe una unidad entre la función, la técnica constructiva, la economía, la necesidad y la arquitectura.
6- La humanidad se entiende como un organismo que asume una forma y se extiende en el tiempo y el espacio. La arquitectura como una máquina de vivir, eficiente, aséptica, anónima, cuya función última es la solución de un problema determinado.
De las bases de estos nuevos conceptos, arranca nuestra nueva visión arquitectónica, la cual dejara huellas permanentes en la concepción de la arquitectura para el siglo XXI.