CUANDO USTED YA SE cansó de subir y subir las montañas de Alajuelita, unas lucecitas azules en medio de la niebla le indican que ahí está el Mirador Valle Azul.
En la entrada lo espera el bar, con unas mesas rústicas de madera barnizada y unos bancos. Por el contrario, en el restaurante se ubican unas mesas con manteles muy lindos que desentonan con el frío piso de concreto. No se preocupe: definitivamente, el último lugar donde usted fijará su mirada es el piso, ante la imponente vista de San José con sus luces desperdigadas por todo el horizonte -hasta que la vista se tropieza con las montañas heredianas-.
Y si usted quiere disfrutar de la vista mientras come, lo más recomendable es que vaya al restaurante, que se encuentra rodeado de ventanales; y, a la luz de las velas, puede probar desde un vino italiano hasta un chocolate.
Al estar en un lugar tan elevado, en ocasiones, las nubes o la niebla impiden que usted observe parte del Valle Central; pero, cuando se despeja, aproveche porque la vista es increíble.
Variedad
Desde el primer momento, su lugar es invadido por un menú enorme, que no le permite tener nada más sobre la mesa. Claro, esto ofrece la ventaja de que usted tiene todo a la vista sin pasar la página.
En las entradas, usted puede escoger desde una ensalada de pulpo (¢2.600) hasta una crema de papa (¢1.200). ¿En cuanto a carnes?: lomito a la plancha (¢3.500), escalopini parmesano (¢3.250) y, si usted quiere probarlas todas, el plato de carne mixta es una buena decisión (¢4.500).
En cuanto a pastas, el espagueti Valle Azul (¢3.000) y el risotto con mariscos (¢3.100) son fáciles de disfrutar a la luz de las velas.
Bueno, para comenzar pedimos un café a fin de calentarnos los huesos. El mesero recomendó un espresso (¢500), pero eran las siete de la noche y queríamos dormir en las próximas ocho horas. Si usted gusta de algo un poco más fuerte, está el café mexicano, que contiene crema de café y tequila.
El menú de los postres viene aparte. Entre el tres leches, el tiramisú, el pie de manzana y el brownie con helado (¢950), escogimos este último. Gran error: duró bastante en llegar; después de haber escuchado música instrumental y muchos boleros, apareció el susodicho postre. El helado estaba un poco suave, y el brownie, caliente.
Pero, bueno, de la vista impresionante nadie se queja. Si usted está insatisfecho de ver a través de la ventana, puede salir a un mirador al aire libre, donde hace un poco de frío, pero, definitivamente, vale la pena.
Si, además de la vista, usted quiere disfrutar de buena música, le recomendamos que vaya los viernes: hay concierto con el guitarrista Roberto Elizondo; los sábados, a partir de las 8 de la noche, Elizondo va acompañado del saxofonista Lalo Rojas.