
Desafortunadamente, las bromas y sobrenombres pueden presentarse en el diario vivir de los niños, y es difícil prevenirlos a pesar de los esfuerzos para evitarlos.
El niño por sí solo no tiene la capacidad de “ofender” a otros. En general, solo modela alguna situación que haya observado en su entorno familiar o en otros medios, como la televisión. Lo que sí es importante recalcar es que el niño que hace esto usualmente pretende llamar la atención de los demás.
Eso sucede con los sobrenombres. La mayoría de las veces, surgen de la apariencia física de los menores (por ejemplo, de sus orejas, sus dientes o su contextura), aunque también es común que estén asociados con la personalidad del chico. Si un niño observa que alguno de sus compañeros es tímido, podría creer que lo está rechazando, y le pone un apodo para captar su atención.
Es frecuente que los sobrenombres afecten mucho a los niños que los llevan, tanto que a menudo pierden el interés por volver a la escuela y hasta pueden desarrollar síntomas físicos, como fiebres inexplicables.
La psicóloga Elieth Alvarado aconseja a los padres fortalecer la autoestima de los niños e intentar conversar ampliamente sobre el problema con ellos, antes de acudir a los profesores. Es clave decirles que valen más por su esencia que por su apariencia física y que, en todo caso, no son culpables de nada. Más aún, que no tenemos control sobre ciertos rasgos de nuestra apariencia.
Aconséjeles que intenten ignorar esas bromas o que enfrenten al infante con comentarios como: “Gracias por fijarte en mí, la verdad, me gusta mucho comer. Y, sí, soy gordo”.