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Comida libanesa en el restaurante Lubnan

La despensa de Lubnan está abarrotada de trigo, berenjenas, curri, ajonjolí, carnes y yogur. Una vez sobre el plato, todas las reservas de la comida libanesa se transforman en motivo de celebración


      
     | JOSé DíAZ
| JOSé DíAZ

A LO MEJOR, EN EL Líbano, esa noche también llovía. De haber caído algo, ojalá también haya sido agua. La cosa es que, esa noche, nuestro Lubnán (Líbano en árabe) abrió sus puertas con muchísima puntualidad, cuando las gotas apenas empezaban a caer sobre junio. Exactamente a las 6 de la tarde, cuando el Paseo Colón deja de ser un camino para convertirse en un obstáculo, los meseros del único restaurante de comida libanesa de la zona se estaban terminando de anudar sus galas.

Entrar fue cruzar en silencio el salón vacío y observar la disposición de las mesas, listas para la convivencia. Ser el primer cliente de la jornada vespertina era como ser el primer habitante del planeta. Dos pasos antes de chocar con la pared del fondo -los que no ven más allá de su nariz es porque son miopes- sobrevino el descubrimiento: una puerta lateral.

Lo que parecía una ruta de escape hacia la cocina o los baños, en realidad conducía a la parte más informal del restaurante, el bar, donde también había mesas y un par de pequeños salones con toldos y mesas bajitas, para comer con más discreción y más estilo.

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