Es domingo. Las manecillas del reloj casi marcan el mediodía y el centro comercial recién ha abierto sus puertas. Algunos de los visitantes ya se encuentran acomodados en el área de comidas, uno de los sitios más frecuentados del lugar.
Sobre cada uno de los locales, un atractivo rótulo luminoso exhibe los logotipos de los restaurantes, muchos de ellos pertenecientes a franquicias estadounidenses de la llamada industria del fast food, o comida rápida.
Reunidos alrededor de las mesas, se puede observar a familias enteras. Niños acompañados de sus padres, jóvenes adolescentes que comen y conversan con igual avidez, y hasta adultos mayores parecen rendirse ante el deleite de aquella sabrosa oferta de hamburguesas, papas fritas, tacos, pizza, helados...
En las últimas tres décadas, la comida rápida se ha infiltrado hasta en los últimos rincones de la sociedad estadounidense. Y el fenómeno se ha replicado en Costa Rica. Muestra del auge que ha tenido la industria de la comida rápida en el mundo es que, en el año 2000, los estadounidenses gastaron $110.000 millones en este tipo de comida.
No existen suficientes datos para saber cuán grande es el monto que destinan a este rubro los ticos, pero ciertas estadísticas y comportamientos arrojan luz sobre una tendencia similar.
En un estudio de consumo del 2001, 58 de cada 100 costarricenses aseguró comer en establecimientos de comida rápida un mínimo de 4,4 veces por mes y utilizar el servicio express al menos tres veces en ese mismo lapso.
En forma paralela a la demanda, va en aumento el número de restaurantes de franquicias que se han establecido.
En mayo del año pasado, McDonald's poseía en Costa Rica 27 locales. Ese mismo número de puntos de venta logró abrir Burguer King en un periodo de diez años, mientras que Pizza Hut era el dueño de 41 locales.
A estos se suman los múltiples locales de Papa John's, Taco Bell, Subway, Quizno's, pollos KFC y Church's y otras cadenas.
Denny's, que solo contaba con un restaurante, abrió hace poco su segundo establecimiento en el país. Asimismo, Wendy's también anunció su llegada.
Cabe entonces preguntarse: ¿qué repercusiones podría tener la introducción de la comida rápida en el menú de los ticos?
Rica, barata y grasosa. Para la nutricionista Silvia Gagneten, autora del libro Pierda peso sin perder su salud, primero conviene aclarar que el término despectivo de "comida chatarra" (del inglés junk food) es aplicable a aquellos alimentos cuya preparación ofrece un alto contenido de carbohidratos (harinas o azúcar), grasas, frituras, sal y aditivos, con un aporte pobre de nutrientes.
Según Gagneten, por sí solas las comidas rápidas no debieran ser "chatarra". Sin embargo, esto ocurre por dos razones: una, cuando, por su afán de competir, los restaurantes ofrecen porciones cada vez más grandes, y dos, por la combinación desequilibrada de alimentos.
Un ejemplo de lo segundo es que en un combo de hamburguesa, papas fritas y gaseosa (cuyo valor calórico puede superar las mil calorías), no se incluye ninguna ensalada ni fruta.
La forma de prepararlas es otro aspecto digno de valorar. La exageración en el uso de frituras y empanizados, en vez de alimentos horneados o a la parrilla, influye en el valor energético, el cual puede incluso duplicarse según sea el modo de cocinarlos.
Los cuestionamientos de la nutricionista son los mismos que se formulan en otras partes del mundo, y han generado una lluvia de críticas y hasta demandas.
Las grandes cadenas han respondido con cambios en los ingredientes y ampliaciones en el menú. McDonald's, por ejemplo, que acaba de cumplir 50 años de fundada, busca contrarrestar esos señalamientos con una campaña de menús en los que incluye ensaladas y pollo a la plancha.
Eric Schlosser, autor de Fast Food Nation (El país de la comida rápida), afirma que el crecimiento de esta industria ha creado una gran abundancia de comidas baratas y fáciles de obtener.
"La cocina del restaurante no es más que la etapa final de un complejo sistema de producción en masa", dice Schlosser sobre un tipo de comida que se entrega al local congelada, enlatada, deshidratada o liofilizada.
El tamaño, ¡sí importa! Pero el gusto no lo es todo cuando existen numerosas cadenas con ofertas similares, y de ahí que una forma de competir haya sido incrementar el tamaño de las raciones como un gancho para atraer más clientes.
Por ejemplo, a finales de la década de 1950, un vaso de refresco contenía 230 mililitros de líquido. Hoy, el vaso "infantil" es de 350 mililitros y un vaso grande contiene casi un litro de bebida.
Lo mismo ocurrió con las papas fritas. En 1972, McDonald's agregó a su menú la ración "grande" y, 20 años después, la "súper". En Costa Rica, también se da esta tendencia al consumo de porciones más grandes.
Otra voz de alerta sobre las posibles repercusiones en la salud de un alto consumo de comida rápida la da Patricia Sedó, directora de la Escuela de Nutrición de la Universidad de Costa Rica.
Ella detalla que entre un 30 y un 40 por ciento del valor energético de productos como pizza, hamburguesas o pollo frito proviene de la grasa y que, tarde o temprano, el consumo desmedido de comida rápida, con sus carencias de fibra, vitaminas y minerales, pasa una factura muy elevada al organismo".
Industria amenazada. A pesar de que la comida rápida no es la única responsable del problema global de obesidad, y tampoco existen estudios epidemiológicos de largo plazo que confirmen su impacto real, el alto contenido de grasa y calorías que contiene la ha puesto en la mira de las autoridades de salud y de los consumidores.
En enero de este año, la Justicia de Estados Unidos autorizó que un grupo de adolescentes obesas demandara a la cadena McDonald's por no prevenirlas sobre el alto contenido calórico de sus platos. McDonald's ha dicho que el caso "no tiene cabida" y confía que se declarará vacío.
Situaciones como esta explican por qué cadenas importantes han hecho cambios en su menú.
Pero mientras esto sucede, "la experiencia de comprar comida rápida se ha convertido en algo tan rutinario, que se hace sin darse cuenta, como detenerse ante un semáforo en rojo", comenta Eric Schlosser.
La explosión de la publicidad dirigida a los niños tuvo lugar en Estados Unidos en los años 80.
Fue entonces cuando la industria publicitaria comenzó a dedicar su atención a este sector. De allí surgieron las campañas orientadas a que el recuerdo nostálgico de una marca de la infancia condujera a toda una vida de compras, en lo que se conoce como "estrategias de la cuna a la tumba".
Según Eric Schlosser, en A Fast Food Nation, se ha determinado que los niños suelen identificar el logotipo de una marca antes de ser capaces de reconocer su propio nombre.
Por eso, los esfuerzos comerciales de las empresas de comida rápida empezaron a ir más allá de los anuncios convencionales. Tal es la identificación que se logra con ellos a través de la publicidad, que en una encuesta a escolares norteamericanos, el 96 por ciento pudo identificar al payaso Ronald McDonald, solo superado en popularidad por Santa Claus.
Ante la escasez de zonas de recreo, los establecimientos de comida rápida resultan un lugar idóneo para que las familias se reúnan con sus hijos.
Los menús infantiles también son una exitosa herramienta de ventas que han creado fuertes lazos comerciales entre la industria de la comida rápida, los fabricantes de juguetes y la industria cinematográfica.
1. En 1948, los hermanos Richard y Maurice McDonald inauguraron en San Bernardino, California, el primer restaurante de autoservicio en los Estados Unidos.
2. Ray Kroc propagó el sistema de servicio de los hermanos McDonald's por todo el país y creó el llamado "imperio de la comida rápida".
3. Glen W. Bell adaptó la idea de McDonald's a la comida mexicana y fundó una cadena de restaurantes que luego se llamaría Taco Bell.
4. Keith G. Cramer también copió ese concepto y, en 1953, fundó con su suegro, Matthew Burns, el primer Insta-Burger King.
5. Harland Sanders, de 65 años, ofrecía a los dueños de restaurantes su "receta secreta" de pollo frito. El primer Kentucky Fried Chicken se inauguró en 1952, y en 1960 era la cadena más fuerte de EE.UU.