Un samaritano
El evangelio de este domingo tiene dos partes: la pregunta y la respuesta sobre el gran mandamiento y la parábola del buen samaritano.
Un maestro de la Ley le pregunta a Jesús qué debe hacer para heredar la vida eterna, para salvarse. La respuesta nos recuerda que no es cuestión de un mero conocer esa Ley (como los sabios y entendidos, a los que se ha referido inmediatamente antes Jesús) sino en llevar a la práctica lo mandado (como lo hacen los sabios y prudentes, con gran sencillez de corazón). Más allá de conocer los mandamientos y recitarlos de memoria, está el cumplirlos.
Y entre esos mandamientos, el que los resume a todos, el del amor a Dios y al prójimo, tal como se consigna ya en Deuteronomio 6, 4 y Levítico 19, 18, la acertada respuesta del legista a la pregunta formulada por Jesús, quien añade -para que se entienda- que lo importante es, no el mero saber, sino el hacer para vivir: "Haz esto y tendrás vida".
Para tener vida eterna, para salvarse: amar a Dios y al prójimo. Pero, ¿y quién es el prójimo? Es el próximo, el que está cerca de usted; y lo es usted mismo cuando se acerca al otro, como el buen samaritano en el caso de la conocida parábola.
"¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?", le pregunta Jesús al maestro de la Ley.
Al incluir en la parábola al sacerdote, al levita y al samaritano (con el contraste que se ofrece entre ellos) se nos da a entender que el mandamiento del amor es universal, es un valor común a todos los pueblos, a todos los seres humanos que, como el maestro de la Ley, deseen llegar a la salvación.
Como detalle curioso digamos que Jerusalén está a 760 metros sobre el nivel del mar y Jericó a solo 250, lo que nos puede dar la idea de la abrupta bajada y las pronunciadas curvas, tras las cuales solían aparecer sorpresivamente los bandidos para robar a los viandantes. Jesús lo sabe, y toma pie para el desarrollo de su parábola.
Pues sí, se trata de alguien que cae en manos de unos asaltantes que después de robarle y maltratarle, lo abandonan a su suerte dejándolo medio muerto al borde del camino.
Pasa primero un sacerdote, un representante de los dirigentes religiosos del pueblo; al rato, un levita, un asistente del templo. Ambos lo ven, dan un rodeo y siguen de largo. ¿Por qué lo hacen así? ¿Cómo es posible que no se compadezcan? ¿Cómo no se detienen, siquiera por curiosidad? Aferrados como estaban al cumplimiento literal de la ley, es muy probable que piensen que ya está muerto y el acercársele va a suponer el incurrir en impureza ritual.
Por el contrario, un samaritano, un extranjero, alguien despreocupado por su propia seguridad, libre de las ataduras de una ley mal entendida, un ser humano con corazón, se detiene a verlo, se compadece y cumple con todas las exigencias del amor: un amor espontáneo, desinteresado, tierno, personal, eficaz.
Y bien, el samaritano que lo práctica es un ejemplo y modelo de quienes aspiran a la vida eterna, a la salvación. "Anda, haz tu lo mismo", nos dice a cada uno de nosotros hoy Jesús.